miércoles, 26 de noviembre de 2008

EL BAR ES COMO UN P... (cuento) // SIN PARTIDA DE YACIMIENTO Capítulo 1 (Novela, 2009)

Con Lucía, octubre de 2008





De: Cuentos en-red-@-dos. Caracas: edit. La duda melódica, 2003, pp. 79-90.
ISBN-980-12-0136-3

También en: Cuentos en-red-@-dos / El bar es como un potro. Caracas: El perro y la rana, 2007, pp.99-107
ISBN: 978-980-396-830-4




El bar es como un potro
(1994)





A Juan Carlos Santaella


…el bar, amigo mío, es un mar de palabras que se acuchillan en el espacio, es una trifulca perenne de improperios que desafían al universo para converger en la nostalgia, es un haz de mil direcciones sonoras, dirigidas a cualquier parte, sin destinatario fijo. Es el sitio para hacer realidad los más escondidos deseos, el lugar para consagrar sus perversiones y atormentar a sus amores.

Allí ve usted la voz y escucha cientos de imágenes aglutinadas en torno a los deslizamientos de botellas fugaces. Por eso hemos venido nosotros aquí, a matar nuestras querencias mundanas, a pudrirnos en esta avalancha de cebada espumosa.

Aquí nos vemos, nos ven, estamos usted, yo, los otros que nos acompañan, los que aparecerán luego, y los demás. Alrededor de esta mesa circular redundamos en los recuerdos, nos abrumamos en las mundanadas de nuestras existencias, nos limpiamos la conciencia de culpas, al menos por un rato.

Aquí vinimos hoy, precisamente, a dar cuerpo a esta historia de cuatro costados y muchas balas, tejida, descosida, amalgamada entre torrentes de palabras y anécdotas confusas. El bar, amigo mío, es como un potro salvaje que se alebresta ante la inmensidad de lo pequeño, para darnos aliento y servir de soporte a lo que no hemos sido capaces de construir con nuestro lenguaje.
El bar, queridohermano, es la historia del adolescente obsesionado en perseguir la figura mítica del personaje llamado Julio Garmendia a lo largo de aquella avenida brumosa y escarpada; es el escenario para desglosar los intersticios de un extraño atentado contra el autor de la historia universal de la infamia; la consumición de los afectos declarados hacia la poesía de un caballero andante de nombre Rafael Cadenas, el poeta amargado por la decadencia del lenguaje.

… el bar, sépalo usted, es este lugar sagrado donde hemos entrado hace unas dos, tres, cuatro horas, a evacuar relatos y maldecir venganzas.

Desde que nos sentamos en esta mesa, hemos ya girado varias veces en torno al caso de Don Julio. Usted ha dicho que lo conoció, mientras yo me alejaba de la conversación para pedir otras cuatro jarras heladas, caldosas, amarillas; usted recordó en mi ausencia que ese curioso, extraño-huraño, esquivo y volátil personaje, gustaba deslizarse solitario al borde de aquella hilera de automóviles cuyos conductores jamás hubieran imaginado la presencia de un escritor ante tanto ruido, tanta iracundia, tanta neurosis acumulada…

Y ha recordado, entre sorbo y sorbo, que era usted apenas un chico de secundaria, un rapaz que todavía llevaba alhucema en el ombligo, cuando descubrió que aquel hombre viejo con cara de niño conservaba detrás de unos espejuelos oscuros la historia de una tienda de muñecos y, la más atractiva aún, de ciertas enaguas perdidas, deslizándose entre las nubes. Hasta que una de esas tardes comparó a un anciano que pasaba frente a la pensión donde usted vivía con la fotografía de un libro de bachillerato y descubrió que ambas imágenes coincidían. Entonces, cada tarde se dedicó a seguir sus pasos, a acosarlo desde lejos con la precisión de Agatha Christie, a construir usted mismo una serie de secuencias que al final habrían de convertirse en un cuento donde el sujeto fuera un personaje tan importante como el escritor y donde muriera acribillado a pedradas por la mano celosa de algún tinterillo envidioso de su magnificencia entre los nuevos plumarios.
Usted, el otro, el tercero de nosotros, me ha confesado también que lo suyo era la indagación en otros terrenos; que en su delirio desde los días empasillados de la escuela de letras, usted era, fue, es, siempre ha sido y será, apasionado incansable, admirador incondicional de ese poeta que, hastiado de la verborrea, se lanzó por un camino de falsas maniobras para convertirse en hombre de pose neurótica, en portavoz del silencio, en una leyenda imbuida por la sapiencia, la meditación, la rígida templanza. Otros habrán escogido, dice usted, el camino de emular las tremenduras del escritor ciego que siempre se inventó a sí mismo para los demás, pero yo, yo prefiero los barriales de esta poesía nuestra en la que el poeta encadenado se ha detenido para recordarnos que somos hombres de palabra. Y que sin palabra fracasaremos en el propósito de persistir por el camino del pensamiento. Hasta se jacta usted de decirnos que lo ha amado desde que lo conociera, en sus primeras lecciones de “literatura y vida”, y que nunca ha confesado a nadie que sería el único escritor y el único personaje por el que se sentía capaz de defender la vapuleada literatura nacional. Vive usted de su mitología y avizora días gloriosos en castillos de poesía, para buscar a toda costa una salvación en el mundo de los fantasmas.

Yo, tenaz observador, más que parlante activo, de esta confraternidad que disfrutamos cada cierto tiempo entre las brumas de este bar, me resigno a morir apaleado por la ignorancia, ya que no soy ni la mampara ni la conciencia de ningún escritor famoso de los nuestros; yo, nada más que personaje de esta aventura de folletín, solazo mis carencias en la palabra de un tipo al que jamás conocí pero siempre imaginé: Marcial Lafuente Estefanía.

“Procaz actitud”, me dicen ustedes en tono ripioso, siempre que asomo ante el tribunal de la barra la posibilidad de que uno de aquellos vaqueros de seis o siete pies de altura, con cananas henchidas y una puntería insospechable, fuera alguno de esos tipos por los que ustedes empeñan sus apetencias literarias. Claro que mi procacidad es natural y espontánea porque vengo de las tinieblas, de la escoria maldita que pare en nuestras ciudades de lechos rojos seres como yo, preparados para todo, menos para asimilar la valentía, la sapiencia, la espesura de la palabra poética.

El cuarto del grupo, el juez, el que no confiesa militancias, ha levantado ahora la voz para ordenar otra ronda, sin opinar acerca de nada. Se queda siempre allí. Lo invitamos y acepta sin remilgos al mover la cabeza dos veces. Sonríe ante la incitación del garmendiano, frunce el ceño al escuchar la solicitud de declaratoria de adhesión del segundo en el grupo. Pero no suelta nada, no exhala palabras, no se deja tentar por la malicia de los demás y, sin embargo, se viene siempre con nosotros. Sólo se sabe que alguna vez llegó a decir que él era el equilibrio, que los demás estábamos obsesionados por la otredad. Los tres queríamos siempre ser otro y él era él. Único entre todos, hacedor de su propia fuerza, aunque fuera todavía una pequeña gota de nada en el universo. Nunca habíamos sabido qué tenía en mente hasta que hoy, por fin, nos hemos topado con su decisión última, con la determinación que comenzaba a revelarnos apenas abrimos la puerta para este relato:

Llegamos los cuatro y entramos sonrientes, desparpajados, repletos por los deseos de la juerga y la buenaventuranza. Miramos hasta encontrar un lugar disponible y vimos entonces la mesa circular, como esperándonos, pulcra, recién limpia, con un cenicero triangular en el centro, un ramilletico de flores de plástico, un mantel rojo de cuadros, deshilachado, desplegado sobre toda la esfera superior, y cinco sillas labradas con nuestros nombres en sus espaldares.

Casi sin creer que era para nosotros, escrutamos todo el ambiente con la mirada: la barra atragantada de comensales y bebientes, las botellas detrás del mostrador, alineadas como para galería de tiro, una fotografía inmensa de Jorge Luis Borges en el centro de una pared rojinegra y una hermosa leyenda debajo que recordaba la voz de un poetica de segunda que siempre quiso ganarse el cielo de los bares: “Confieso que he bebido”.

En medio de nuestra radical indecisión, merodeamos con la vista por las demás mesas y descubrimos que no había ni un solo espacio más disponible. En el cenicero triangular fijamos la vista y allí comenzó el drama que sin éxito hemos venido intentando relatar.

Cada cual ha dado finalmente su versión de los hechos para convencer a los otros, aunque ya no haya más remedio que aceptar que somos aspirantes al ataúd: muertos, yertos, parapléjicos, los cuatro esperamos desde hace más de una hora por la presencia de un forense que certifique nuestra condición de hombres baleados por algún desconocido que, sin mediar palabra, abrió las puertecillas batientes que impiden la mirada directa desde la avenida, buscó con la vista hasta dar con nuestras voces alebrestadas, desenfundó una Colt cuarentaicinco y la descargó proporcionalmente en la mesa hasta lograr que ninguno de nosotros sobreviviera para contarlo. Sólo salió ileso uno que había ido directo al baño, antes de sentarnos, el narrador.

Era alto, de seis, siete, quizás ocho pies de altura, fornido, atlético, rojizo, sanguíneo, con nariz de boxeador, la cara marcada por antiguos golpes, el pelo chorreado hasta la nuca, gestos de malencaramiento insoportable, vestido a la moda de los clásicos salones del viejo oeste estadounidense, su cara lucía nítidos ademanes de descortesía y de rabia.

Disparó a mansalva, sin fallar ni una vez. Cargó de nuevo el tambor de su arma y volvió a disparar, ahora contra la fotografía de Borges, y luego contra las botellas, hasta romper por lo menos cinco sin fallar. Sonrió cínicamente ante la gordura que el barman escondía debajo de la barra y se deslizó hasta uno de los asustados parroquianos de otra mesa para preguntar por la rocola. Alguien le informó que no había allí tal aparato, que había sido de otras épocas, que ahora no se utilizaba puesto que no era posible sensibilizarlas, ya que las monedas se habían esfumado del universo. Lo vieron sonreír de nuevo, ahora grotescamente, al mismo tiempo que solicitaba que se le inventara una, o acababa también con el relato.

Y yo, narrador, mandamás de todo lo que aquí acontece, como habrán visto, le imaginé inmediatamente una rocola supersónica, cargada de boleros de vieja data, de rancheras, de sinfonías, de oberturas y de cuanto se me ocurrió, con tal de que no fuera el tipejo a destrozar lo que había comenzado como una excelente excusa para trazar los pasos perdidos de una venganza. Entonces el barman salió de su escondite, el hombre le pidió en voz imponente que dijera su nombre y el pobrecito, sin objeción, con tono asustado pero fuerte y seguro, dijo llamarse Guillo Men Eses. El gordo sirvecopas agradeció también la llegada de la justicia ante la ignominia y juró convertirse en ayudante de órdenes de aquel salvador de los principios clásicos.
Nuestros cadáveres continuaron allí, hasta que el ruego de uno de los bebientes ilesos se hizo notar para solicitar ante el vengador que vinieran los escritores implicados a reconocer a sus acólitos anónimos.

Así, llegarían después la imagen misma del poeta Rafael Cadenas, el retrato hablado del cuentista Julio Garmendia, que ya para esos días había fallecido, y un representante legal de Marcial Lafuente, quien justificaba la ausencia del escritor por andar en la recolección universal de sus derechos de autor.

Ante cada entrada para mirar los cadáveres y verificar su autenticidad, la concurrencia, ya acostumbrada a los cuatro cuerpos, aplaudía incesantemente, ruegos del vengador mediante. Cuando llegó Cadenas con su frente marchita y su adusto ceño fruncido, casi caen algunas sobrevivientes botellas, removidas por las vibraciones. Hubo desmayos, desgarres, gritos de furia explosiva. Su estatura alta y desgarbada venía seguida de pelotones de fanáticos que coreaban sus versos como si fueran canciones de Rock. Da la impresión de que hubiera querido dar un discurso ante la multitud desenfrenada, pero lo detuvo la exquisitez de su alta investidura lírica. El vengador exigió silencio y conminó al visitante a acercarse más si no deseaba ser perforado in situ. Le recitó sus derechos constitucionales y le puso como condición única que antes del reconocimiento escuchara en la rocola la novena de Bethoven interpretada por un tal Juan Gabriel. El poeta sintió resquebrajarse la intimidad de su ego pindárico, mas no encontró otra salida que aceptar la propuesta, aunque sus tímpanos se encogieran al primer acorde. Los fanáticos guardaron silencio, aglomerados por todos los rincones del bar, y fueron invitados a corear el tono homosexual que asumía el cantante en la rocola. Luego, el poeta no tuvo inconveniente en reconocer la espalda siquitrillada de su ex alumno y seguidor. Se le ordenó continuar allí hasta que todo terminara.

Las zonas erógenas de una mujer de espaldas eran mostradas en una fotografía que traía entre sus manos el retrato hablado de Julio Garmendia. Espléndida en carnes, la imagen recordaba una venus pintada en cierta ocasión por un célebre pintor venezolano proveniente de una ciudad sin habitantes. El relato cambió de la atmósfera real a un sueño extraño en el que una multitud de damas de “alta suciedad” escoltaban la imagen tímida, insignificante en apariencia, del famoso personaje.

-Vengo a decirles adiós a los muchachos y me acompaña la pandilla de Burdeler.

Flotaron como enaguas en las nubes sus palabras mágicas, después de atravesar las puertecillas batientes. El altísimo protagonista del relato observó con desgano no disimulado aquella humanidad hirsuta que se hacía pasar por escritor fantástico. Barajó miradas debajo de los espejuelos oscuros, deambuló la vista por las cursis bacterias dibujadas sobre la tela de fondo de la corbata del recién llegado. Alcanzó a precisar la antigüedad de unos pantalones estilo “padrino” y, por último, alzó el rostro con orgullo para pedir gentilmente a aquel hombrecillo que continuara, que no pondría por delante ninguna acción ignominiosa porque respetaba su alcurnia y su cercanía con las novelas y cuentos de los que él había salido.

-Afinidad de origen me une a sus personajes, pero sólo permitiré a usted reconocer a los difuntos y nada más.

Las “damas de suciedad” que rodeaban al escritor fantástico hicieron una mueca común de desprecio hacia aquel grandulón, sin evidenciarla demasiado por temor a la represalia.
Ahora el hombre alto reposaba sus codos, recostándolos hacia atrás, de espaldas a la barra, y en sus manos brillaban los cañones de dos inmensos revólveres. El escritor se acercó hasta la mesa donde flotaban los cuerpos y aseguró no conocer ni reconocer a ninguno de ellos como pertenecientes a su estirpe. Fue cuando las cosas comenzaron a complicarse para todos los presentes.

Se esperaba desde el comienzo de la historia que todo lo imaginado ocurriera de una manera imperturbable. El narrador había tenido confianza en que cada personaje desempeñaría su papel a cabalidad. Y ahora el autor de sus propios difuntos se negaba a ejecutar el reconocimiento de rigor. El vengador volteó hacia donde estaba Guillo Men Eses y lo instó a acercarse:

-Sirve para todos -le dijo- que beban también las ancianas de “alta suciedad” y la pandilla de Burdeler, que los cadáveres dejen de serlo, para ofrendar por un instante la palabra de este hombre que parece más bien uno de sus propios personajes. Convierte durante una mínima porción de tiempo este bar en un castillo de Elsinor y ordénale a ese poeta que se faje con sus cuadernos del destierro.

Nadie comprendió mucho de lo que ocurría, hasta que alguien se percató de que, desde la fotografía saltaba al centro de la sala el autor de la historia universal de la infamia, para quedarse allí, congelado como una estatua intocable. Los ayudantes del grandísimo hombre se habían hecho presentes y ahora se disponían a cumplir el mandato que acababan de escuchar. Vistieron al escritor ciego a la usanza de los westerns italianos, colocaron en su pecho un correaje preñado de proyectiles, en su cabeza un sombrero Borsalino, sobre los tobillos un par de afiladísimas espuelas. Luego movieron una de sus piernas para que cobrara vida, encendieron la rocola para que se escucharan algunos estribillos de la edad media y el gran vengador decretó el inicio de un baile a todo dar. Cadenas y el retrato hablado de Garmendia saltaron de sus lugares y bailaron desaforadamente, asidos a dos de las empicotadas damas. La pandillla de Burdeler bailó toda a un mismo paso. El escapado del cuadro retozaba solo, a lo ancho de la sala. Los cadáveres oscilaban colgando sobre la mesa, movidos por los deseos del narrador. Todo se convirtió en una fraternal fiesta de cumpleaños, con torta, con papelillo, con gelatina, pudín, quesillo y hasta con la cancioncita cursilísima de un tal Emilio Arvelo y la típica reunión alrededor de la mesa circular: las caras largas con los labios de trombón expeliendo “cumpleaaaaños feeeeliz...que los cumplas feliiiiz…”

Parecía llegar todo a su final complaciente como en las telenovelas, cuando uno de los asistentes, ya borracho, reclamó al intruso vengador más respeto para la literatura nacional: su voz gangosa se perdió en el remolino de sangre que se le formó en los labios al recibir el golpe fuerte y seco de uno de los escoltas del hombre alto de las dos pistolas.

Los cadáveres volvieron a su posición de origen. Los dos personajes-escritores visitantes guardaron silencio. Alguien preguntó por el representante de Marcial Lafuente cuando, desde la penumbra de una puerta que se abría en ese momento, una voz desconocida alertó sobre la posibilidad de que el famoso autor de novelas de vaqueros hubiese enviado a alguien que todavía no se identificaba. Cundió el temor colectivo y todas las miradas se concentraron en la fotografía, detrás de la barra, a la que su imagen había retornado luego de la finalización del baile. Nunca se supo si realmente había sido así, pero quedó la duda sembrada en los cientos de corazones que allí compartían la incoherencia de la aventura. Entonces el vaquero corpulento y asesino sacó a relucir de nuevo sus brillantes revólveres, amenazó con reventar las sienes de quien no se sometiera a sus designios; salió elegantemente, empujando las puertecillas plegables que daban hacia la avenida y, sin avisar nada a nadie, se percató de que estaba escapándose ahora de un relato en el que había entrado equivocadamente: antes de que su verdadero autor lo rescatara, apenas tuvo el tiempo necesario para leer de reojo la portadilla del libro al que había ingresado por equivocación.

Ante su evanescencia, todo regresó a una primera escena en que cinco hombres sonrientes avanzan (hacia) (por) (entre) las ruinas circulares de un antiguo bar de buena muerte. Allí han venido para escaparse de la cotidianidad y convertir cada historia, cada nombre, cada personaje conocido, en algo que los saque de la rutina y los coloque en el mundo fantástico de la realidad mundana. El más sonriente camina despacio, detrás de todos los demás, cuando decide responder a la pregunta que alguien le hizo, antes de venir a ese lugar:

-El bar, amigo mío, es un mar de palabras que se acuchillan en el espacio, es una trifulca perenne de improperios que desafían al universo para converger en la nostalgia…

(1994)

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De: SIN PARTIDA DE YACIMIENTO. CRÓNICAS EN LA MEMORIA
(novela, 2009)


(Caracas: BID and CO, pp. 9-19)


Capítulo 1

Gramática de doña Elodia, la Condesa ficcionauta


Nunca aparecerá su nombre verdadero en estas historias. Sencillamente la apodábamos doña Elodia la Condesa de Medellín. Ahora, en tiempos de la red, he decidido llamarla la Condesa ficcionauta de Medellín. Porque vivía de la ficción, de su presunta nobleza y de sus viajes imaginarios a esa ciudad colombiana. Mas de ahora en adelante, simplemente la llamaremos la Condesa o doña Elodia.

Parecía no tener estatura suficiente para su carácter explosivo, su arrojo y su manera de torturar a algunos de los expósitos. Siete en total. Quizás midiera un metro cincuenta. Brazos muy cortos, lengua muy pero muy larga. Cabeza cuadrada, con pelo ensortijado que se dejaba alargar hasta la base de la nuca. Flaquísima. Caminaba como una locomotora en celo. Movía los brazos cual aspas de molino, casi completando medio círculo entre el movimiento de uno y el otro hacia adelante.

De voz chillona, gritaba al hablar, y mucho más cuando esperaba que se notara su idiolecto puertero. Las palabras “verga” y “puta” (y sus derivadas), eran las más frecuentes de su vocabulario. A todo le agregaba un apelativo, apellido o sufijo, según el caso: vergajo, putañero, vergalejo. Verga tiesa, verga de toro. Puta madre, reputa. Verga-ción. Verga e puta pa mala. Verga que me ha tocado vivir. Vergajo maldito. Verga dura debe tener fulano. En verga dura no entran dientes de puta. Verga que te quiero verga. ¡Una verga! Vergajo gargajo putejo. Casi como puta verga casada en puerta de papo ajeno.

A esto habría que agregar una catorcera de rasgos de conducta que la hacían única. Personaje seguro para estas crónicas de la memoria. Por ejemplo, fumaba tabaco en pantaletas y se golpeaba las nalgas insistentemente, sobre todo para atraer a los hombres suyos o de las expósitas con quienes mercadeaba.

Tenía los ojos verdosos y las cejas pobladas. Nalgas abultadas y echadas hacia fuera a propósito.

-El culo hay que mostrarlo -argumentaba- de otra manera no se vende la buena mercancía.

Preparaba unos hervidos de yerbas diversas mezcladas con flores, que luego utilizaba no para ingerir sino para bañarse y llamar a la suerte. Otras veces tomaba un retrato de San Marcos del León y lo ataba todo con un grueso mecate, colocándolo luego contra alguna oscura pared. Frente al santo castigado prometía formalmente desamarrarlo sólo cuando se le cumpliera algún deseo solicitado. Hubo épocas en que el pobre San Marcos pasó varios meses en esa situación.
Hacía lo que ella denominaba “trabajos”. Ejercicios de brujería doméstica. Para esto último recogía tierra de las tumbas y la guardaba en apretadas bolsitas de tela, hasta el momento en que las requiriera. Juro que alguna vez llegué a sentir miedo de aquellas porciones, pues no tenía mejor sitio para almacenarlas que un armario ubicado debajo de una de las alcayatas en las que yo debía colgar el chinchorro donde me obligaba a dormir. Al levantarme miraba en el espejo del baño mi rostro marcado por la red del chinchorro y no pocas veces llegué a creer que se debía a la visita de algún difunto que había acudido en busca de la tierra robada de su mausoleo.

Vivíamos al comienzo de una larga calle que concluía precisamente en el camposanto. En casos de emergencia brujil, la Condesa invocaba a los difuntos de la familia (a su juicio, todos los parientes fallecidos eran integrantes de las supuestas ánimas benditas del purgatorio), en el entendido de que, desde su morada celestial, aquellos deberían ser capaces de complacerla en sus caprichos terrenales, casi siempre relacionados con la conquista de caballeros o con la ayuda a amigos y amigas de la familia.

Cómo olvidar su afición a los dichos, las frases hechas y los refranes (algunos modificados en su muy particular estilo verbal). Eran su verbo recurrente, su gramática acerca de la vida y sus alrededores. Puedo recordar aquí varios, sólo a efectos de dibujar mejor su personalidad:

Conforme come el mulo, así caga el culo
Cada vez que alguno de nosotros salía disparado hacia el baño, afectado por alguna mala digestión.

Mujer que se acuesta con más de un hombre es puta
En abiertas discusiones con familiares o vecinos, relativas a los amancebamientos a que era adicta. De este modo descartaba cualquier argumento en su contra, pues a su criterio no había mujer en el pueblo que fuera monoóvica. En consecuencia, aquel pueblo, Los Puertos de Altagracia, estaba poblado por un puterío:
-Esto no es un pueblo, es una asamblea permanente de putas.

Fulana es más puta que las gallinas
Categoría superior con la que en cualquier momento podía etiquetar a alguna adversaria que le argumentara acerca de tan frecuente tema de conversación.

No es puta quien quiere sino quien puede
Para insinuar que en eso podían criticarla otras damas de noche, pero no ser superiores a ella.

Más puta es la mujer que vende su cuerpo que la que lo alquila
Su expresión defensiva ante las que argumentaban hacer aquello por necesidad y no por placer, como supuestamente lo practicaba ella.

No vendo mi cuerpo, lo arriendo al mejor impostor
Consecuencia del anterior. Lo decía con cinismo. En caso de que alguien la acusara de ser una pervertida que se dedicaba a “vender su cuerpo al mejor postor”.

El que come tierra carga su terrón
Cuando alguien le pedía un cigarrillo o acudía a ella para algún préstamo monetario. Por cierto que durante muchos años fue una fumadora impenitente de Camel, y adquiría esta marca a través de los pulperos que menudeaban cigarrillos de contrabando. Detestaba el Winston (preferido por nosotros los adolescentes, “esa vaina es cigarro de muchacho cagón”, decía), pero amaba profundamente aquel empaque blanco con el camello color barro. Y ni qué decir de su procedimiento para abandonar el vicio de fumar: comenzó a sentirse mal (el humo le producía extraños mareos y hasta alguna de sus “pataletas”: desmayos acompañados de agarrotamiento de las manos). Así que decidió acudir a la asesoría de uno de sus brujos de cabecera, el mismo que le recomendaba las mezclas para los baños con esencias de flores. No tardó en poner en práctica el consejo del pitoniso para lograr tal propósito. Desmenuzó unos cinco cigarrillos en un vaso de agua y engulló aquella mezcla como si fuera una aspirina. El desenlace fue de antología: mareos, contorsiones, vómito hasta soltar la hiel. Algunos nos alegramos porque creíamos que se moría con aquellos ojos blancos volteados hacia atrás y los labios morados y entumecidos. Y Fresca, la expósita mayor, acongojada por aquella tragedia nos advertía:

-¡No sean coñosdemadre! No se burlen, porque así les están dando la razón cada vez que ella dice que estamos en edad de merecer… de merecer coñazos.

Consecuencia de aquel remedio con picadura de cigarrillo: tres días en cama a punta de sueros de zanahoria y cremas de frutas. Según el parte del Doctor Martínez, un gordito barrigón, con más imagen de beodo que de discípulo de Hipócrates, de carambola no llegó su cuerpo al envenenamiento. Por supuesto, jamás la vimos volver a tocar un Camel. Y se volvió enemiga jurada de quienes en su casa se atrevieran a sacar un fósforo o un yesquero:

-¡Al que yo vea fumando en esta casa, le meto el cigarro por el orificio, no joda!
[La amenaza nos asustó al comienzo por no saber algunos de nosotros a qué aludía “el orificio”].

¡Prefiero cortarme el papo como un bistec y echárselo a los perros!
En momentos en que algún abusador que no fuera de su agrado la piropeaba o intentaba cortejarla insinuándole alguna “vagabundería”.

Camarón que se duerme…gana ascenso a mariscal
Refrán ajustado a sus requerimientos semánticos. Con él intentaba alertar a los varones de la casa sobre los peligros de caer en el homosexualismo. En realidad éste era otro de sus tópicos favoritos. La gran muralla con la que, puertas afuera de la casa, trataba de proteger nuestras reputaciones era simplemente a través de otra frase célebre en su gramática:

Entre mis hijos habrá putas, pero no mariscales

Y noten que antes he escrito “puertas afuera” porque puertas adentro, en la intimidad de sus regaños, insistía en que algunos de nosotros, yo entre ellos, podría salir gay.
-¡Pero esa verga sí que no! -se respondía inmediatamente- ¡Yo misma lo opero de las nalgas y le clausuro el anónimo si eso llega a pasar!

Claridad en la calle, oscuridad en la casa
Como jamás estaba conforme con las conductas de los expósitos a quienes trataba cual esclavos, nos espetaba ese dicho cada vez que se le ocurría que preferíamos colaborar con alguien que no formara parte de sus preferencias.

Camina como una maraca loca
Para referirse a aquellas personas que movían demasiado los brazos al andar, precisamente como solía hacerlo ella al pasearse por las calles del pueblo. Con este dicho pretendía algunas veces ofenderme. Argumentaba que si yo desde pequeño -y a su decir y pensar- caminaba como una maraca loca, cuando tuviera un poco más de edad, lo haría como una “marica loca”.

Pasando un puente dijo una loca, cada quien jode cuando le toca
Referido a situaciones en las que alguien estuviera bromeando en alguna situación inadecuada.

En el reino de los tuertos, el bizco ve doble
Cada vez que alguno de nosotros o nosotras se dejaba golpear por otro u otra en la calle o en la escuela y llegaba a casa moreteado-a. Supongo que era su interpretación de “quien pega primero, pega dos veces”.

En cuanto a su vestimenta, la Condesa embutía su pequeña corpulencia en unos trajes hechos con telas de flores, apretados de la cintura hacia arriba y muy sueltos de la cintura hacia abajo. De modo que entre el compás de su caminar alborotado, siempre moviendo los brazos y las nalgas en actitud permanentemente provocadora, simulaba a una mariposa mientras avanzaba por aquellas calles polvorientas y calcinadas, en tanto intuía que había cientos de ojos mirándola desde todas las rendijas. Sin duda que algunas personas le temían. Otras, tal vez la toleraban como medio locuaz, dejaban pasar sus chanzas para no entrar en polémicas. Usaba sandalias que dejaban mostrar sus dedos y sus uñas pintadas de rojo intenso.

Era difícil la fulana Condesa. Siempre cercana a alguien que se suponía tuviera algún poder. La pequeñez de sus dedos de las manos se negaba a dejar espacios vacíos, los llevaba repletos de anillos de bisutería, aunque solía insinuar que estaban hechos de “oro cochano”, (en nuestra confusión infantil lo llamábamos “oro cochino”) y era simplemente que el joyero del pueblo estimulaba su apetito de ricachona, bañándole en agua de oro sus diversos guilindajos.

Personaje gubernamental que llegara nuevo al pueblo se volvía su presunto amigo. No vacilaba en invitarlo a la casa. Y eran las ocasiones en que más adornos se ponía. Igual que sus pabellones de las orejas lucían chicos ante el tamaño exagerado de los aros que se colgaba, “argollas doradas” decía ella que se llamaban.

Se ufanaba de su prole de hijos recogidos.

Éramos siete.

“Mis expósitos” nos decía. A las hembras (tres en total) las mostraba como trofeos de guerra. Y si se aventuraba con ellas ante cualquier solicitud abierta o solapada de algún caballero visitante, bueno, quizás decidiera ceder a la mayor, de nombre Fresca. La ofrecía como mercancía importada desde Churuguara (estado Falcón), lugar de origen de la expósita mayor. A las otras dos ¡que no se las tocaran! Las ofrecía, sí, pero como casaderas.

-Son carne virgen de matrimonio legal y con dote.

Así respondía ante la pregunta de algún indiscreto visitante que suponía había logrado su confianza. Hasta allí podía llegar.

Con los cuatro varones era un poco más liberal. Machista hasta el cuerno.

-Hombre parao no debe pelar bollo acostao.

No era que nos ofreciera, como solía hacerlo con las damiselas bajo su ala. Eso jamás. Nos presentaba como los “machos de la familia”.

-La tropa que sabrá defendernos a la hora en que cualquier abusador se quiera pasar de vivo con las hembras.

Sin anestesia, a la mayoría nos ponía al servicio de quien llegara de visita, principalmente a mí, que era el mayor, los otros eran todavía muy chicos.

-Pídanles cualquier vaina menos el orificio -les decía con una risita cínica- son obedientes y no deliberantes.

Pero claro que entre nosotros tenía su favorito, el principito, el menor de los hijos de Fresca, la churuagarense.

Lo apodaban Pichirilo

Y era más fastidioso que una zancuda preñada. Como tenía la tez morena le decíamos en secreto Pichirilito rabo’e negrito. Entonces chirriaba cual bisagra oxidada cada vez que se percataba de nuestra burla. Lo hacía para que su Condesa mentora tomara parte y demostrara su potestad de torturadora de hijos ajenos.

Casi todos, hembras y varones, lo detestábamos, quizás tanto como a ella.

El chiquillo era un vomitivo, una especie de purgante repotenciado. El más moreno de los tres párvulos de Fresca, pero el que mayores complejos de alcurnia había cultivado, con el estímulo de su protectora, por supuesto. Sé que luego de crecido se hizo un chico muy alto y con cierto garbo, aunque sin oficio ni profesión conocidos, vagoneta. Sin embargo, de niño era una especie de renacuajo: chiquitín, nalguitas entumecidas, andaba permanentemente con un trapo sucísimo y percudido que asía con cuatro dedos mientras mantenía el pulgar de la misma mano en su boca. También aprovechábamos esa debilidad de chuparse el pulgar para apodarlo Mamadeo.

-¡No seas mamadeo!– le gritábamos los otros varones cada vez que teníamos oportunidad.

Y por supuesto que él de hecho entendía otra cosa, otra frase que era una de las ofensas más graves que podía pronunciarse en el pueblo. Hoy día, con la banalización y desgaste natural del lenguaje, tal vez sea una expresión común, vacía, sin mucha carga ofensiva, pero decirle mamagüevo a alguien en Los Puertos de aquellos años podía significar hasta duelo a cuchillo o amenaza de muerte. Eso y mentarle la madre a alguien eran los paradigmas de las ofensas verbales. Y si se te ocurría gritarle a algún contrincante “el coño’e tu mantra es una mamadeo”, por muy metafórico o eufemístico que hubieres sido, si no estabas en capacidad de defenderte, lo mejor era que te desaparecieras del lugar. Significaba lo máximo, lo que alguien expresaba cuando la furia le llegaba al tope de la tolerancia.

Eso queríamos decirle a Pichirilo cada vez que lo llamábamos “mamadeo”. Lo disimulábamos disfrazando la ofensa y susurrándole al oído:

-Ssss, ¡Hey! ¡Mamaíta mamadeo!

Y cuando procedía a acusarnos ante el máximo tribunal que era la mandamás, primero lo negábamos rotundamente y, segundo, ante la primera cachetada que recibiéramos, entonces argumentábamos que lo que le habíamos dicho era cualquier otra frase fonéticamente parecida a aquello pero inofensiva. Y así el cagoncito se quedaba satisfecho y nosotros nos salvábamos de que los sopapos se multiplicaran. Aquello se había convertido en un ritual en el que todos participábamos a sabiendas de que ninguno tenía razón.

Nos burlábamos de aquel pedazo de franela curtido que le colgaba al consentidito debajo de la mano derecha, que olía a baba fétida y cuyos manchones negros, mezcla de saliva y sucio, se percibían desde lejos. Incluso, si tenía gripe, el chicuelo consentido utilizaba el trapo como reservorio de gargajos. Pero era el preferido y tocar aquel tema significaba fuertes castigos para el osado. A lo más que llegábamos otras veces era a escondernos a su paso y murmurarle muy bajito, para que sólo lo oyera él

- Pichiriliiito, mamadeíiito.

Después, simplemente negar todo, que no nos habíamos metido con él, que nos acusaba con la Condesa sólo para disfrutar de nuestros castigos. Pero otras veces la venganza llegaba por el lado de esconder aquella pestilente tela mientras a Pichirilo lo bañaban o era atendido para ir al baño. Todavía a sus cuatro o cinco años era una especie de principito inútil al que incluso debían alimentar con biberones de Toddy y dándole sopas licuadas o vegetales majados. Sin olvidar que a esa edad aún había que limpiarle el trasero cada vez que defecaba.

La llorantina por no encontrar aquel maloliente trapo era infinita. Hasta que, convencido el lloriqueante, llegaba el momento de sustituirlo por otro que alguna vez desaparecería de nuevo.
Así era, pues, la Condesa y sus alrededores. Así éramos nosotros, sus expósitos. Por eso mi mayor sueño siempre fue ejecutar alguna venganza definitiva. Y lo logré.

He aquí el testimonio.

1 comentario:

David Mota dijo...

Profesor. Una vez más agradecido con tan tremendo regalo literario: "Sin Partida de Yacimiento". El trabajar en la FILUC 2011 me trajo grandes experiencias y entre esas estuvo en poder presenciar su ponencia y conocer más de cerca su humilde y grandioso trabajo.