BIENVENIDA-O A MI ESPACIO ELECTRÓNICO
Avatar literario, lingüístico y periodístico de Luis Barrera Linares (a) Sobrino
Caracas, Venezuela
Escritor, docente, crítico, cronista, presumo de navegar en el espacio confuso y nublado de la literatura venezolana, con incursiones en la narrativa, la crítica, la crónica, el ensayo y otros menesteres.
Aquí encontrará buena parte de la información concerniente a mis peripecias por la literatura, la lingüística y el periodismo.
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El natural viaje de la adolescencia a la madurez del narrador se convierte, simultáneamente, gracias al sabio manejo de varias estrategias ficcionales, en un recorrido por al menos dos momentos en la vida del país: el retrato del tempo semi-rural de nuestra provincia apenas beneficiada por la explotación petrolera y el impacto que esa riqueza ha traído a una Venezuela díscola, anhelante y todavía en busca de un rostro definitivo. No obstante el anclaje temporal, la pieza despliega el desarrollo de un alma festiva, lo que sin duda enriquece las manifestaciones de su género: el bildunsgroman. Así pues, Barrera Linares construye una novela de formación en la cual muchos lectores sentirán el arrobo de un tiempo ido, pero sobre todo, la certeza de que la esperanza es el mejor combustible para concretar los sueños. Autorrelatos, crónicas, pasajes de la memoria, como quiera que se llame a sus capítulos, Sin partida de yacimiento evidencia la vitalidad de lo novelesco como terreno para la exploración imaginaria del pasado, cifra del futuro, y pone de nuevo al descubierto la potencia de un escritor dueño de un arte difícil y exacto, rotundo y efectivo.
Presentación: Sin partida de yacimiento
Por Carlos Sandoval
Librería Lectura, Caracas, mayo 14-2009
DE OFICIO NARRADOR
Carlos Sandoval
Puestos a definir la actividad intelectual de Luis Barrera Linares diremos que su rutilante presencia en el campo literario venezolano marca varios terrenos: la investigación lingüística, la crítica literaria, la narrativa y la docencia universitaria. De todas ellas, la crítica quizá sea la que ha convertido su nombre en una obligatoria alcabala para quienes se dedican al estudio de nuestro cuento contemporáneo. Más aún, Barrera ha producido una serie de reflexiones que lo aproximan al campo de las teorías lingüístico-comunicativa y narratológica que hasta ahora nadie se ha ocupado de evaluar. Algunos colegas pensamos, incluso, que su libro Discurso y literatura (editado en tres ocasiones entre 1995 y 2003) sería un best seller académico en otro contexto nacional más atento al desarrollo de las investigaciones de sus profesores de cuarto nivel. ¿Cómo definir, entonces, a quien se ocupa al mismo tiempo de varias tareas las cuales requieren, de suyo, una expresividad particular? Es obvio: Barrera Linares cristaliza el ideal del escritor a tiempo completo; es, sin más, un escritor.
Así, sus pulsiones creativas, materializadas al día de hoy en cuatro libros de cuentos e igual número de novelas, no constituyen una labor accidental en el conjunto de su obra; por el contrario, la narrativa de “Barrerita”, como gusta llamarlo Manuel Bermúdez, es el resultado de una poética donde los matices lúdicos del lenguaje y la exploración de ciertos horizontes temáticos, muchas veces asociados de forma peyorativa con lo marginal y lo sórdido (pero de innegable impacto en el lector en virtud del universo representado: los avatares de personajes que sobreviven a naufragios amorosos, algunas chuscas recreaciones de la historia sociopolítica del país, el sensiblero mundo de los bares con rocolas o con karaoke), devienen esencia de la comunicación literaria. Diré más: las indagaciones teórico-críticas de Barrera Linares se vinculan tan estrechamente con su producción narrativa que llego a creer –es una hipótesis– que su pasión por la crítica nace de las interrogantes que le genera la escritura de sus cuentos y novelas. De modo pues que no habría crítico sin narrador, aunque sí lo contrario: el cabal y nítido narrador.
Desde 1980, cuando el Instituto Pedagógico de Caracas publica En el bar la vida es más sabrosa, Barrera Linares practica varias fórmulas estructurales y prosísticas sin perder su unidad de propósito: retratar situaciones escatológicas o tremebundas que hasta ese momento no hacían parte de la gran narrativa del país, salvo como aspectos negativos propicios para la denuncia. En el bar… revela ambientes festivos, derrotas sentimentales, lugares comunes vividos como únicos, pero que colocan a los personajes en un territorio donde lo trágico se vuelve comicidad y alegre nostalgia.
En adelante, Barrera insistirá en estas estrategias hasta alcanzar, como en la novela que presentamos esta noche, un equilibrado manejo entre la sensiblería y lo serio, entre lo jocoso y lo reflexivo. Compruébese la recurrencia de establecer juegos paródicos en los títulos de sus piezas, los cuales remiten a monumentos literarios o a frases originariamente comunes: Beberes de un ciudadano (1985), Para escribir desde Alicia (1989), Cuentos de humor, de locura y de suerte (1989), Parto de caballeros (1991), Cuentos en-red-@-dos (2003), Sobre héroes y tombos (1999) y, por supuesto, Sin partida de yacimiento (2009).
Ahora bien, ¿qué nos trae hoy Luis Barrera? El primer juego que nos propone se relaciona con la adscripción del libro. En la “Compuerta para este textamentario” leemos que Sin partida de yacimiento resulta una suerte de “autorrelatos, cuentos, crónicas o capítulos de novela inconclusa” (p. 7). Se trata, como veremos, de una trampa literaria; Barrera utiliza presupuestos de la novela autobiográfica como mecanismo para ganar la cercanía del lector. Este mecanismo nos hace creer que los hechos narrados tuvieron como protagonista, no al personaje Sobrino o Sapito, como indistintamente se le llama, sino a quien escribió esas supuestas memorias, esto es, el hombre concreto.
Habría que señalar que en “las novelas autobiográficas (…) el autor se encarna total o parcialmente en un personaje novelesco, se oculta tras un disfraz ficticio o aprovecha para la trama novelesca su experiencia vital debidamente distanciada mediante una identidad nominal distinta a la suya.” (Alberca, 2005-2006). Quiere decir, aun cuando la denominación incluya el término autobiográfica, en una novela de este tipo no leemos confesiones del individuo que se sentó a escribir, pongamos por caso, Sin partida de yacimiento; antes bien, el otro componente de la categoría, novela, indica que estamos en los dominios de la ficción. Siempre hay, según se dijo, un distanciamiento.
Construida sobre la base de un bildunsgroman, en Sin partida de yacimiento un narrador adulto reconstruye pormenores de su infancia en Los Puertos de Altagracia, estado Zulia, y luego, a la salida de la adolescencia, cuando se ha instalado en Caracas. Esta estructura nos permite asistir, como lectores, a los primeros años de formación de la conciencia del protagonista en los tiempos iniciales de la democracia representativa, en una comunidad un tanto pre-moderna (el único teléfono del pueblo se hallaba en una casa de familia) donde el arrapiezo va descubriendo (o padeciendo) el mundo.
En esta llamémosla primera etapa de la historia, Sapito conoce, gracias a su condición de hijastro arrimado en casa de una madrastra alocada y primitiva, las dificultades materiales de un país en apariencia rico, pero que sólo beneficia a unos pocos. No se crea, sin embargo, que la novela se demora en asuntos de carácter político; éstos sólo sirven como sedimento para las variadas peripecias de Sobrino-Sapito, aunque es visible el interés por parodiar comportamientos proselitistas muy pueblerinos: el adeco borracho, el copeyano opíparo, los revolucionarios de medio pelo.
Eso sí, la novela deja claro dos cosas: 1) el protagonista relata los hechos como una venganza contra su madrastra, de allí la carga de humor negro, el tono sardónico de algunos pasajes y el crudo tratamiento respecto de aquella mujer; 2) el tema del petróleo es clave para denunciar, jocosamente, situaciones que explican no sólo el título, sino el desarrollo de la trama general de la novela.
Como en los anteriores trabajos narrativos de Barrera Linares, en Sin partida de yacimiento la gracia, el ludismo sintáctico, los dobles sentidos, los retruécanos, las frases comunes convertidas en axiomas burlescos contribuyen con la fluidez de una prosa a ratos trepidante y divertida.
Hay una segunda etapa en la vida de este casi pícaro protagonista: la que se ambienta en Caracas una vez abandonada la casa materna (y antes, la de la madrastra) para continuar estudios de bachillerato. Los pasajes correspondientes a esta estación vital de Sobrino son inolvidables; en ellos el arte novelesco de Barrera alcanza tesituras de profunda resonancia.
Para decirlo de una vez: Sin partida de yacimiento es una novela que ejecuta una venganza ficticia, nostálgica y evocadora, pero por sobre todo un ajuste de cuentas con el pasado y, sin duda, un homenaje a las dos mujeres (madrastra y madre) más importantes en la vida de un muchacho que hacia la segunda mitad del siglo XX asomó la cabeza en unos raros puertos zulianos.
Referencias
Alberca, M. (2006). ¿Existe la autoficción hispanoamericana? Cuadernos del CILHA. Revista del Centro Interdisciplinario de Literatura Hispanoamericana. Universidad de Cuyo. [Revista en línea], 7-8. Disponible: http://bdigital.uncu.edu.ar/bdigital/fichas.php?idobjeto=480 [Consulta: 2009, abril 19]
Barrera Linares, L. (2009). Sin partida de yacimiento. Caracas: bid & co editor.
Reseña de Elio Gómez Grillo (Últimas Noticias, Caracas 12-08-09)
“El escritor venezolano Luis Barrera Linares acaba de publicar ‘Sin partida de yacimiento (Crónicas en la memoria)’.
Un libro que no deja de ser extraño en Venezuela, porque es ficción novelesca en muy buena parte y relación autobiográfica en una porción muy reducida, según confesión personal del autor. De muy agradable lectura, le hace evocar a uno de entrada, al imborrable Lazarillo de Tormes y a toda la novela picaresca española.
La escritura de esta obra ofrece una desenvoltura, un hacer y un decir sin rubores ni melindres en la secuencia de hechos y hablares de los protagonistas.
En sus páginas abundan neologismos atrevidos que una censura pacata no vacilaría en condenar y con los cuales la travesura del escritor hace más atractiva ¿por qué no? La narración.
El argumento se desarrolla preferentemente en tierras maracuchas y al final en los predios trujillanos. El autor anuncia desenfadadamente, desde el comienzo, que ‘después de tanto soportar las penas de mi adolescencia, ha llegado la hora final de la escritura de estos autorrelatos, cuentos, crónicas o capítulos de novela inconclusa, no importa” (p. 7). Se antepone la ternura al recordar a la madre, “primero que nada tú, tu figura menuda, tu mirada triste, tu sonrisa suspicaz… Tu imagen protectora, madre, tus manos conduciendo mis dedos para que garabatearan las primeras vocales.’ (pp.32/33).
La niñez y la adolescencia del autor Sapito de Agua, dice él orgullosamente que le llamaban y de sus amigos y compañeros transcurren a lo largo de estas páginas, escritas en prosa suelta y que se leen de corrido, gustosamente.
Bien dicho está en la contraportada del volumen: ‘Autorrelatos, crónicas, pasajes d ela memoria, comoquiera que se llame a sus capítulos, Sin partida de yacimiento evidencia la vitalidad de lo novelesco como terreno para la exploración imaginaria del pasado, cifra del futuro, y pone de nuevo al descubierto la potencia de un escritor dueño d eun arte difícil y exacto, rotundo y efectivo.’ Luis Barrera Linares ha publicado 27 libros de novelas, teoría literaria y, sobre todo, de cuentos, en muchos de los cuales se halla presente la tendencia humorística. Es profesor universitario, Doctor en Letras, académico, columnista de prensa y ha recibido premios literarios.”
De: Cuentos en-red-@-dos. Caracas: edit. La duda melódica, 2003, pp. 79-90. ISBN-980-12-0136-3
También en: Cuentos en-red-@-dos / El bar es como un potro. Caracas: El perro y la rana, 2007, pp.99-107 ISBN: 978-980-396-830-4
El bar es como un potro (1994)
A Juan Carlos Santaella
…el bar, amigo mío, es un mar de palabras que se acuchillan en el espacio, es una trifulca perenne de improperios que desafían al universo para converger en la nostalgia, es un haz de mil direcciones sonoras, dirigidas a cualquier parte, sin destinatario fijo. Es el sitio para hacer realidad los más escondidos deseos, el lugar para consagrar sus perversiones y atormentar a sus amores. Allí ve usted la voz y escucha cientos de imágenes aglutinadas en torno a los deslizamientos de botellas fugaces. Por eso hemos venido nosotros aquí, a matar nuestras querencias mundanas, a pudrirnos en esta avalancha de cebada espumosa. Aquí nos vemos, nos ven, estamos usted, yo, los otros que nos acompañan, los que aparecerán luego, y los demás. Alrededor de esta mesa circular redundamos en los recuerdos, nos abrumamos en las mundanadas de nuestras existencias, nos limpiamos la conciencia de culpas, al menos por un rato. Aquí vinimos hoy, precisamente, a dar cuerpo a esta historia de cuatro costados y muchas balas, tejida, descosida, amalgamada entre torrentes de palabras y anécdotas confusas. El bar, amigo mío, es como un potro salvaje que se alebresta ante la inmensidad de lo pequeño, para darnos aliento y servir de soporte a lo que no hemos sido capaces de construir con nuestro lenguaje. El bar, queridohermano, es la historia del adolescente obsesionado en perseguir la figura mítica del personaje llamado Julio Garmendia a lo largo de aquella avenida brumosa y escarpada; es el escenario para desglosar los intersticios de un extraño atentado contra el autor de la historia universal de la infamia; la consumición de los afectos declarados hacia la poesía de un caballero andante de nombre Rafael Cadenas, el poeta amargado por la decadencia del lenguaje. … el bar, sépalo usted, es este lugar sagrado donde hemos entrado hace unas dos, tres, cuatro horas, a evacuar relatos y maldecir venganzas. Desde que nos sentamos en esta mesa, hemos ya girado varias veces en torno al caso de Don Julio. Usted ha dicho que lo conoció, mientras yo me alejaba de la conversación para pedir otras cuatro jarras heladas, caldosas, amarillas; usted recordó en mi ausencia que ese curioso, extraño-huraño, esquivo y volátil personaje, gustaba deslizarse solitario al borde de aquella hilera de automóviles cuyos conductores jamás hubieran imaginado la presencia de un escritor ante tanto ruido, tanta iracundia, tanta neurosis acumulada… Y ha recordado, entre sorbo y sorbo, que era usted apenas un chico de secundaria, un rapaz que todavía llevaba alhucema en el ombligo, cuando descubrió que aquel hombre viejo con cara de niño conservaba detrás de unos espejuelos oscuros la historia de una tienda de muñecos y, la más atractiva aún, de ciertas enaguas perdidas, deslizándose entre las nubes. Hasta que una de esas tardes comparó a un anciano que pasaba frente a la pensión donde usted vivía con la fotografía de un libro de bachillerato y descubrió que ambas imágenes coincidían. Entonces, cada tarde se dedicó a seguir sus pasos, a acosarlo desde lejos con la precisión de Agatha Christie, a construir usted mismo una serie de secuencias que al final habrían de convertirse en un cuento donde el sujeto fuera un personaje tan importante como el escritor y donde muriera acribillado a pedradas por la mano celosa de algún tinterillo envidioso de su magnificencia entre los nuevos plumarios. Usted, el otro, el tercero de nosotros, me ha confesado también que lo suyo era la indagación en otros terrenos; que en su delirio desde los días empasillados de la escuela de letras, usted era, fue, es, siempre ha sido y será, apasionado incansable, admirador incondicional de ese poeta que, hastiado de la verborrea, se lanzó por un camino de falsas maniobras para convertirse en hombre de pose neurótica, en portavoz del silencio, en una leyenda imbuida por la sapiencia, la meditación, la rígida templanza. Otros habrán escogido, dice usted, el camino de emular las tremenduras del escritor ciego que siempre se inventó a sí mismo para los demás, pero yo, yo prefiero los barriales de esta poesía nuestra en la que el poeta encadenado se ha detenido para recordarnos que somos hombres de palabra. Y que sin palabra fracasaremos en el propósito de persistir por el camino del pensamiento. Hasta se jacta usted de decirnos que lo ha amado desde que lo conociera, en sus primeras lecciones de “literatura y vida”, y que nunca ha confesado a nadie que sería el único escritor y el único personaje por el que se sentía capaz de defender la vapuleada literatura nacional. Vive usted de su mitología y avizora días gloriosos en castillos de poesía, para buscar a toda costa una salvación en el mundo de los fantasmas. Yo, tenaz observador, más que parlante activo, de esta confraternidad que disfrutamos cada cierto tiempo entre las brumas de este bar, me resigno a morir apaleado por la ignorancia, ya que no soy ni la mampara ni la conciencia de ningún escritor famoso de los nuestros; yo, nada más que personaje de esta aventura de folletín, solazo mis carencias en la palabra de un tipo al que jamás conocí pero siempre imaginé: Marcial Lafuente Estefanía. “Procaz actitud”, me dicen ustedes en tono ripioso, siempre que asomo ante el tribunal de la barra la posibilidad de que uno de aquellos vaqueros de seis o siete pies de altura, con cananas henchidas y una puntería insospechable, fuera alguno de esos tipos por los que ustedes empeñan sus apetencias literarias. Claro que mi procacidad es natural y espontánea porque vengo de las tinieblas, de la escoria maldita que pare en nuestras ciudades de lechos rojos seres como yo, preparados para todo, menos para asimilar la valentía, la sapiencia, la espesura de la palabra poética. El cuarto del grupo, el juez, el que no confiesa militancias, ha levantado ahora la voz para ordenar otra ronda, sin opinar acerca de nada. Se queda siempre allí. Lo invitamos y acepta sin remilgos al mover la cabeza dos veces. Sonríe ante la incitación del garmendiano, frunce el ceño al escuchar la solicitud de declaratoria de adhesión del segundo en el grupo. Pero no suelta nada, no exhala palabras, no se deja tentar por la malicia de los demás y, sin embargo, se viene siempre con nosotros. Sólo se sabe que alguna vez llegó a decir que él era el equilibrio, que los demás estábamos obsesionados por la otredad. Los tres queríamos siempre ser otro y él era él. Único entre todos, hacedor de su propia fuerza, aunque fuera todavía una pequeña gota de nada en el universo. Nunca habíamos sabido qué tenía en mente hasta que hoy, por fin, nos hemos topado con su decisión última, con la determinación que comenzaba a revelarnos apenas abrimos la puerta para este relato: Llegamos los cuatro y entramos sonrientes, desparpajados, repletos por los deseos de la juerga y la buenaventuranza. Miramos hasta encontrar un lugar disponible y vimos entonces la mesa circular, como esperándonos, pulcra, recién limpia, con un cenicero triangular en el centro, un ramilletico de flores de plástico, un mantel rojo de cuadros, deshilachado, desplegado sobre toda la esfera superior, y cinco sillas labradas con nuestros nombres en sus espaldares. Casi sin creer que era para nosotros, escrutamos todo el ambiente con la mirada: la barra atragantada de comensales y bebientes, las botellas detrás del mostrador, alineadas como para galería de tiro, una fotografía inmensa de Jorge Luis Borges en el centro de una pared rojinegra y una hermosa leyenda debajo que recordaba la voz de un poetica de segunda que siempre quiso ganarse el cielo de los bares: “Confieso que he bebido”. En medio de nuestra radical indecisión, merodeamos con la vista por las demás mesas y descubrimos que no había ni un solo espacio más disponible. En el cenicero triangular fijamos la vista y allí comenzó el drama que sin éxito hemos venido intentando relatar. Cada cual ha dado finalmente su versión de los hechos para convencer a los otros, aunque ya no haya más remedio que aceptar que somos aspirantes al ataúd: muertos, yertos, parapléjicos, los cuatro esperamos desde hace más de una hora por la presencia de un forense que certifique nuestra condición de hombres baleados por algún desconocido que, sin mediar palabra, abrió las puertecillas batientes que impiden la mirada directa desde la avenida, buscó con la vista hasta dar con nuestras voces alebrestadas, desenfundó una Colt cuarentaicinco y la descargó proporcionalmente en la mesa hasta lograr que ninguno de nosotros sobreviviera para contarlo. Sólo salió ileso uno que había ido directo al baño, antes de sentarnos, el narrador. Era alto, de seis, siete, quizás ocho pies de altura, fornido, atlético, rojizo, sanguíneo, con nariz de boxeador, la cara marcada por antiguos golpes, el pelo chorreado hasta la nuca, gestos de malencaramiento insoportable, vestido a la moda de los clásicos salones del viejo oeste estadounidense, su cara lucía nítidos ademanes de descortesía y de rabia. Disparó a mansalva, sin fallar ni una vez. Cargó de nuevo el tambor de su arma y volvió a disparar, ahora contra la fotografía de Borges, y luego contra las botellas, hasta romper por lo menos cinco sin fallar. Sonrió cínicamente ante la gordura que el barman escondía debajo de la barra y se deslizó hasta uno de los asustados parroquianos de otra mesa para preguntar por la rocola. Alguien le informó que no había allí tal aparato, que había sido de otras épocas, que ahora no se utilizaba puesto que no era posible sensibilizarlas, ya que las monedas se habían esfumado del universo. Lo vieron sonreír de nuevo, ahora grotescamente, al mismo tiempo que solicitaba que se le inventara una, o acababa también con el relato. Y yo, narrador, mandamás de todo lo que aquí acontece, como habrán visto, le imaginé inmediatamente una rocola supersónica, cargada de boleros de vieja data, de rancheras, de sinfonías, de oberturas y de cuanto se me ocurrió, con tal de que no fuera el tipejo a destrozar lo que había comenzado como una excelente excusa para trazar los pasos perdidos de una venganza. Entonces el barman salió de su escondite, el hombre le pidió en voz imponente que dijera su nombre y el pobrecito, sin objeción, con tono asustado pero fuerte y seguro, dijo llamarse Guillo Men Eses. El gordo sirvecopas agradeció también la llegada de la justicia ante la ignominia y juró convertirse en ayudante de órdenes de aquel salvador de los principios clásicos. Nuestros cadáveres continuaron allí, hasta que el ruego de uno de los bebientes ilesos se hizo notar para solicitar ante el vengador que vinieran los escritores implicados a reconocer a sus acólitos anónimos. Así, llegarían después la imagen misma del poeta Rafael Cadenas, el retrato hablado del cuentista Julio Garmendia, que ya para esos días había fallecido, y un representante legal de Marcial Lafuente, quien justificaba la ausencia del escritor por andar en la recolección universal de sus derechos de autor. Ante cada entrada para mirar los cadáveres y verificar su autenticidad, la concurrencia, ya acostumbrada a los cuatro cuerpos, aplaudía incesantemente, ruegos del vengador mediante. Cuando llegó Cadenas con su frente marchita y su adusto ceño fruncido, casi caen algunas sobrevivientes botellas, removidas por las vibraciones. Hubo desmayos, desgarres, gritos de furia explosiva. Su estatura alta y desgarbada venía seguida de pelotones de fanáticos que coreaban sus versos como si fueran canciones de Rock. Da la impresión de que hubiera querido dar un discurso ante la multitud desenfrenada, pero lo detuvo la exquisitez de su alta investidura lírica. El vengador exigió silencio y conminó al visitante a acercarse más si no deseaba ser perforado in situ. Le recitó sus derechos constitucionales y le puso como condición única que antes del reconocimiento escuchara en la rocola la novena de Bethoven interpretada por un tal Juan Gabriel. El poeta sintió resquebrajarse la intimidad de su ego pindárico, mas no encontró otra salida que aceptar la propuesta, aunque sus tímpanos se encogieran al primer acorde. Los fanáticos guardaron silencio, aglomerados por todos los rincones del bar, y fueron invitados a corear el tono homosexual que asumía el cantante en la rocola. Luego, el poeta no tuvo inconveniente en reconocer la espalda siquitrillada de su ex alumno y seguidor. Se le ordenó continuar allí hasta que todo terminara. Las zonas erógenas de una mujer de espaldas eran mostradas en una fotografía que traía entre sus manos el retrato hablado de Julio Garmendia. Espléndida en carnes, la imagen recordaba una venus pintada en cierta ocasión por un célebre pintor venezolano proveniente de una ciudad sin habitantes. El relato cambió de la atmósfera real a un sueño extraño en el que una multitud de damas de “alta suciedad” escoltaban la imagen tímida, insignificante en apariencia, del famoso personaje. -Vengo a decirles adiós a los muchachos y me acompaña la pandilla de Burdeler. Flotaron como enaguas en las nubes sus palabras mágicas, después de atravesar las puertecillas batientes. El altísimo protagonista del relato observó con desgano no disimulado aquella humanidad hirsuta que se hacía pasar por escritor fantástico. Barajó miradas debajo de los espejuelos oscuros, deambuló la vista por las cursis bacterias dibujadas sobre la tela de fondo de la corbata del recién llegado. Alcanzó a precisar la antigüedad de unos pantalones estilo “padrino” y, por último, alzó el rostro con orgullo para pedir gentilmente a aquel hombrecillo que continuara, que no pondría por delante ninguna acción ignominiosa porque respetaba su alcurnia y su cercanía con las novelas y cuentos de los que él había salido. -Afinidad de origen me une a sus personajes, pero sólo permitiré a usted reconocer a los difuntos y nada más. Las “damas de suciedad” que rodeaban al escritor fantástico hicieron una mueca común de desprecio hacia aquel grandulón, sin evidenciarla demasiado por temor a la represalia. Ahora el hombre alto reposaba sus codos, recostándolos hacia atrás, de espaldas a la barra, y en sus manos brillaban los cañones de dos inmensos revólveres. El escritor se acercó hasta la mesa donde flotaban los cuerpos y aseguró no conocer ni reconocer a ninguno de ellos como pertenecientes a su estirpe. Fue cuando las cosas comenzaron a complicarse para todos los presentes. Se esperaba desde el comienzo de la historia que todo lo imaginado ocurriera de una manera imperturbable. El narrador había tenido confianza en que cada personaje desempeñaría su papel a cabalidad. Y ahora el autor de sus propios difuntos se negaba a ejecutar el reconocimiento de rigor. El vengador volteó hacia donde estaba Guillo Men Eses y lo instó a acercarse: -Sirve para todos -le dijo- que beban también las ancianas de “alta suciedad” y la pandilla de Burdeler, que los cadáveres dejen de serlo, para ofrendar por un instante la palabra de este hombre que parece más bien uno de sus propios personajes. Convierte durante una mínima porción de tiempo este bar en un castillo de Elsinor y ordénale a ese poeta que se faje con sus cuadernos del destierro. Nadie comprendió mucho de lo que ocurría, hasta que alguien se percató de que, desde la fotografía saltaba al centro de la sala el autor de la historia universal de la infamia, para quedarse allí, congelado como una estatua intocable. Los ayudantes del grandísimo hombre se habían hecho presentes y ahora se disponían a cumplir el mandato que acababan de escuchar. Vistieron al escritor ciego a la usanza de los westerns italianos, colocaron en su pecho un correaje preñado de proyectiles, en su cabeza un sombrero Borsalino, sobre los tobillos un par de afiladísimas espuelas. Luego movieron una de sus piernas para que cobrara vida, encendieron la rocola para que se escucharan algunos estribillos de la edad media y el gran vengador decretó el inicio de un baile a todo dar. Cadenas y el retrato hablado de Garmendia saltaron de sus lugares y bailaron desaforadamente, asidos a dos de las empicotadas damas. La pandillla de Burdeler bailó toda a un mismo paso. El escapado del cuadro retozaba solo, a lo ancho de la sala. Los cadáveres oscilaban colgando sobre la mesa, movidos por los deseos del narrador. Todo se convirtió en una fraternal fiesta de cumpleaños, con torta, con papelillo, con gelatina, pudín, quesillo y hasta con la cancioncita cursilísima de un tal Emilio Arvelo y la típica reunión alrededor de la mesa circular: las caras largas con los labios de trombón expeliendo “cumpleaaaaños feeeeliz...que los cumplas feliiiiz…” Parecía llegar todo a su final complaciente como en las telenovelas, cuando uno de los asistentes, ya borracho, reclamó al intruso vengador más respeto para la literatura nacional: su voz gangosa se perdió en el remolino de sangre que se le formó en los labios al recibir el golpe fuerte y seco de uno de los escoltas del hombre alto de las dos pistolas. Los cadáveres volvieron a su posición de origen. Los dos personajes-escritores visitantes guardaron silencio. Alguien preguntó por el representante de Marcial Lafuente cuando, desde la penumbra de una puerta que se abría en ese momento, una voz desconocida alertó sobre la posibilidad de que el famoso autor de novelas de vaqueros hubiese enviado a alguien que todavía no se identificaba. Cundió el temor colectivo y todas las miradas se concentraron en la fotografía, detrás de la barra, a la que su imagen había retornado luego de la finalización del baile. Nunca se supo si realmente había sido así, pero quedó la duda sembrada en los cientos de corazones que allí compartían la incoherencia de la aventura. Entonces el vaquero corpulento y asesino sacó a relucir de nuevo sus brillantes revólveres, amenazó con reventar las sienes de quien no se sometiera a sus designios; salió elegantemente, empujando las puertecillas plegables que daban hacia la avenida y, sin avisar nada a nadie, se percató de que estaba escapándose ahora de un relato en el que había entrado equivocadamente: antes de que su verdadero autor lo rescatara, apenas tuvo el tiempo necesario para leer de reojo la portadilla del libro al que había ingresado por equivocación. Ante su evanescencia, todo regresó a una primera escena en que cinco hombres sonrientes avanzan (hacia) (por) (entre) las ruinas circulares de un antiguo bar de buena muerte. Allí han venido para escaparse de la cotidianidad y convertir cada historia, cada nombre, cada personaje conocido, en algo que los saque de la rutina y los coloque en el mundo fantástico de la realidad mundana. El más sonriente camina despacio, detrás de todos los demás, cuando decide responder a la pregunta que alguien le hizo, antes de venir a ese lugar: -El bar, amigo mío, es un mar de palabras que se acuchillan en el espacio, es una trifulca perenne de improperios que desafían al universo para converger en la nostalgia… (1994)
Con su mayor egoteca, la familia: Lucía, Leonardo y Luis Guillermo. ¿Para qué más?
Iván Padilla Bravo Diario de Oriente, 9-2-1986. sobre Beberes de un ciudadano, 1985
“(este libro)…tiene la particularidad de poner en claro y reivindicar la INCOHERENCIA como un acto solidario…y ello es algo que filosófica y poéticamente acerca al autor a una concepción del mundo que reconoce el movimiento, la dialéctica, lo cambiante, como una posibilidad de definir lo real”.
Ángel Gustavo Infante, El Diario de Caracas, 30-09-1985. Sobre Beberes de un ciudadano, 1985
“En éste, como en su primer libro, En el bar la vida es más sabrosa, (1980), Luis Barrera corre los riesgos que implica narrar como quien habla desde una barra de botiquín (hablar en exceso y fastidiar al interlocutor), y sale ileso gracias al equilibrio que mantiene desde el comienzo (pese a la traición de acusar a la Guillot de ‘farsante incansable’ el libro va ganando calidad. El autor, cosa extraña en estas circunstancias, conserva la lucidez de la sobria ebriedad, como los antiguos comensales de El banquete platónico”
Juan Carlos Santaella “Alicia a través del bolero”. Papel Literario de El Nacional, 9-12-1990. Sobre Para escribir desde Alicia, 1989
“Los personajes de Barrera Linares forman parte de una condición psicológica y social cercana a lo folletinesco; son, quizás, magros y oscuros personajes de una absurda fotonovela, heraldos de la cursilería, protagonistas de la ridiculez. Como tales, ellos trazan el itinerario cauteloso de un fracaso inevitable, arrastran una pobreza que los paraliza y los dopa hasta el punto de perder su propia identidad, pues son víctimas de una fatalidad creada por ellos mismos.”
Alberto Jiménez Ure “La prosa de Barrera Linares”. El Universal, 28-02-1988. Sobre En el bar la vida es más sabrosa, 1980
“En su volumen En el bar la vida es más sabrosa, título deliberadamente ‘lugar común’, las tramas son lineales, explícitas, verticales. No pretenden enfrentar a los lectores con lo insólito o las moralejas (cual Borges, Quiroga, etc.). la narrativa de Luis es a propósito burda, de buena factura técnica (atrapa) y sus principales instrumentos son, obviamente, el lenguaje y las imágenes sórdidas”
Alicia Perdomo Revista Imagen (Sección Libros, revistas y autores), 1990. Sobre Para escribir desde Alicia, 1989.
“El autor es lingüista. Un dato para los que lo ignoran. Y curiosamente no ha descubierto la potencialidad del lenguaje. Lo atraviesa con fallidas imágenes que se repiten y que revelan cierto aspecto grotesco y vulgar, intentando disfrazarse de poesía, o emulando el erotismo intenso de las letras de bolero. Por eso leemos en algunas páginas, sintagmas como éste que frustran la potencialidad de la palabra: “Vivir en una ciudad clavada en el pubis de dos inmensas montañas”.
Igor Delgado Senior Presentación de Parto de Caballeros, 1991 Caracas, Noviembre de 1993.
Luis Barrera Linares dio a luz esta metáfora de lo que absurdamente somos, y para ello utiliza el buen humor contando, la parodia, la ironía, y también el sarcasmo y la recreación de la chata riqueza de los vocablos cotidianos. Como apuntara José Balza: “lenguaje desenfadado, directo, hiriente, burlón caricaturesco…que Quevedo hubiese aplaudido”.
Pascual Venegas Filardo. El Universal, 21-6-1993. Sobre Del cuento y sus alrededores, 1993, comp. con Calos Pacheco]
“…es, no cabe duda, una amplia monografía elaborada sobre la base de una extensa bibliografía y meditado estudio. Los autores conocen a fondo la materia de que tratan. Los numerosos ejemplos que nos ofrecen en las páginas del libro, constituyen material que en adelante será de vital importancia para el catedrático de literatura. Y en general para el buen lector.”
Alexis Márquez Rodríguez El Nacional. Caracas, 18-09-1994, p. C/, “Cuenta de libros”. Sobre Memoria y cuento. Treinta años de narrativa venezolana, 1992].
“Nada de lo dicho significa que estemos enteramente de acuerdo con todo lo que afirma Barrera Linares en ese valioso prólogo de su antología. Nos parece más bien que el mayor valor de éste reside en su carácter fuertemente polémico, en la forma como el autor desmonta prejuicios, desbarata estereotipos y pulveriza apreciaciones facilistas y de menguados alcances, basándose en puntos de vista muy personales, y como tales merecedores del más grande respeto, sobre todo porque las suyas son, además, observaciones muy inteligentes, que dan pie para discutir, para polemizar y aun para disentir.”
Manuel Bermúdez. Papel Literario de El Nacional. Caracas, 5-3-2000, p. 3. Sobre varios títulos
“Quien lea los títulos de las obras narrativas de Barrera Linares, de nmediato piensa que son paródicas. En el bar la vida es más sabrosa tiene un sutil cambio fonético, de mar por bar, con el cual se le da nuevo sentido a la letra de una composición musical que Leo Marini hizo famosa. Los Beberes de un ciudadano es una joda etílica a la ética del deber. Igual que Parto de caballeros, lo es para la moral de un varón de noble estirpe. Los Cuentos de amor de locura y de muerte de Horacio Quiroga, cuando pasan por el quirófano verbal de Barrera Linares, sufren una cirugía fonosemántica que los convierte en Cuentos de humor de locura y de suerte. Estos juegos paródico-humorísticos tienen una noble tradición en la literatura venezolana.
Ana María Hernández. El Universal. Caracas, 19-3-2000, p. 4-12. Sobre Sobre héroes y tombos, 1999
“No esconde para nada el autor las referencias claras y directas acerca de quienes protagonizaron el panorama político venezolano. La famosa coronación aquella que disparó los lamentables acontecimientos de 1989 (Caracazo) es el inicio del relato. Por supuesto es Carlos Andrés Pérez, bautizado en la novela como “el Patricio”, el personaje principal.”
Antonio Núñez Aldazoro. Revista Comunicación, mayo de 2000 (pp. 109-112) Sobre Análisis crítico del discurso, 2000
“Generalmente, un buen texto académico responde a un objetivo fundamental definido, premeditado, planeado. Esta es una de las primeras características de la nueva entrega editorial de Luis Barrera Linares (1951): la intención planificada de ofrecer al investigador –lingüista, literato, comunicador, estudiante o simplemente “curioso”– un panorama general, y al mismo tiempo profundo, acerca de una nueva rama de las humanidades que cada día gana mayor terreno en las ciencias sociales, el Análisis Crítico del Discurso.
“Este objetivo, sin duda, se cumple a cabalidad. El lector reconoce, luego del abordaje de distintos tópicos a través de las técnicas de este tipo de investigación multidisciplinaria, las peculiaridades y potencialidades del análisis del discurso, tanto en el área netamente lingüística, como en otros espacios de vital importancia para comprender el mundo contemporáneo, como por ejemplo la comunicación de masas.”
Patrick Charaudeau Comunicación por correo electrónico, 3-11-2003 Sobre Discurso y Literatura, 2003.
Durante el vuelo de regreso a París he leido su libro (Discurso y literatura] que me ha gustado mucho. Debo decirle que nosotros, en Francia, hemos evitado mezclar el análisis del discurso con la literatura por razones de territorio, aunque siempre nos haya parecido que la relación era obvia. Yo mismo en mis clases pongo ejemplos de textos literarios, pero no escribo nada a ese respecto por no entrar en lucha con mis colegas de literatura. Lo más que hice en este aspecto fue lo que escribí en mi gramática semántica. Me gustó particularmente la manera como describe el proceso comunicativo del texto literario (cap.II) que es más o menos la manera como yo lo describo. También concuerdo con lo que dice en "¿Por qué el análisis discursivo de cuentos literarios?" (cap.V).Espero que tengamos otra oportunidad de hablar más larga y tendidamente. Con mi saludo más amistoso.
Juan Liscano Panorama de la literatura venezolana actual. Caracas: Alfadil, 1995: p. 289 Sobre Parto de Caballeros, 1991, 2002
“Barrera Linares compone su narrativa con pleno dominio de los procedimientos narrativos experimentales y al rehuir lo documental del verismo, se permite cualquier ruptura o improvisación escritural. Concede a la feminidad sexoanimal un papel revelador (escena de la prostituta Bronca Quarrel con Marcos Knight), siendo uno de los logros de la narración la mezcla idiomática de un inglés antillano y del castellano, así como de los personajes tan virtuales y ficticios como la narración misma, fundada en el fenómeno imaginario de la preñez masculina, en vía de especulación cinematográfica y literaria.”
Juan Carlos Chirinos Comentario en http://ficcioncaracas.blogsome.com/2005/12/31/ Sobre La negación del rostro, 2005.
Por cierto que ese libro de Barrera Linares (del que he querido hacer un post en mi blog, pero estoy esperando que se me pase la ladilla) es de una mediocridad superlativa. ¿Te parece que el profesor Linares hace estudio alguno en ese libro? Para tema aparte queda la trampa de repetir fragmentos completos con la excusa de la claridad pedagógica: ¡por favor! Si sólo son artículos juntados y adobados con el odio y ceguera de siempre de los críticos venezolanos a su propia literatura. No negamos los escritores el rostro: la pereza de la crítica en Venezuela ha acumulado años de libros que se quedan mudos de opiniones.
Ana Teresa Torres. Papel Literario de El Nacional. Caracas, 18 de marzo de 2006, p. 2. Sobre La negación del rostro, 2005
“…más allá de estos matices de discrepancia el libro de Barrera Linares es, en mi opinión, un excelente texto sobre narrativa venezolana, escrito con una prosa transparente, y no pocas veces humorística, que se abre al lector común, sin por ello perder rigor, y permite en pocos capítulos comprender la diacronía, particularmente de la narrativa breve, así como de la historia de las instituciones y personalidades fundamentales en el desarrollo de la literatura nacional.”
Rafael Rattia 24-11-2006 Comentario sobre el blog La duda melódica (http://barreralinares.blogspot.com
Esto pienso de Luis Barrera Linares: es, junto con Víctor Bravo, Oscar Rodríguez Ortíz y otros poquísimos escritores venezolanos nacidos en el siglo XX, uno de los más acuciosos, inteligentes críticos literarios de su "generación". Su Blog es una Cátedra abierta que merece ser leída y estudiada con atención los investigadores de la literatura venezolana. Todo lector que se estime y respete como tal debe leerlo y recomendarlo a otros cibernautas lectores de la mejor escritura que se produce en Venezuela en los últimos tiempos. Rafael Rattia
Francisco Javier Pérez Papel Literario de El Nacional. 2-12-06 p. 3 Sobre Nación y Literatura, 2006, comp. Con Carlos Pacheco y Beatriz González S.
Nunca en detrimento de experiencias anteriores, el presente de los estudios sobre la literatura venezolana puede exhibir el precioso calificativo de acabado (quizá el más esperado desde los días en que Luis Correa anunciara su lacerante contraparte). Despiadados y generosos en partes iguales, la reflexión crítica sobre la literatura venezolana ha sufrido las heridas del halago infeliz y las del ataque inmerecido. Y entre uno y otro de estos extremos ha crecido la criatura, voluntariosa y empeñosa, y ha dado frutos magníficos que no podrán ignorarse más. En una medida muy notoria, Nación y literatura viene a aportar uno de los puntos finales de la secular discusión. …. Los cincuenta y nueve ensayos que componen esta obra pueden, en otro sentido, dar cuenta de los progresos de la investigación literaria en Venezuela, de la diversidad de enfoques y de la afortunada convivencia que consagrados maestros e iniciales cultores tienen acordados para ofrecer los itinerarios escriturarios de nuestra cultura. Y, este último sustantivo, no es retórico aporte para un título más, sino, acentuado interés de la presente compilación de estudios, un intento por vernos culturalmente a partir de la literatura y gracias a ella (idea que habita en muchos críticos y estudiosos anteriores, pero que aquí se hace rasgo motivador). … …la gran ausente en esta magnífica obra ha sido la lingüística y toda la rica reflexión que ha hecho, en su conexión con la literatura, para acercarse a una comprensión de la nación. La referencia al asunto lingüístico es sólo una nota recogida en la "Introducción" ("La atención se vierte aquí entonces sobre la nación venezolana y su trayectoria, pero tal como ellas pueden apreciarse desde las manifestaciones del lenguaje y la literatura"). Tratando de buscar explicaciones sobre este vacío, no llego a encontrarlas, pues ni es criterio de la obra escindir el conocimiento sino integrarlo; y, menos aún, es condición que caracterice a los tres coordinadores del volumen quienes, cada uno con sus originales maneras, ha ido ofreciendo en sus estudios propios buenas muestras de cuánta fe ha sido depositada en la lingüística y de cómo esa fe ha alimentado el crecimiento de cada uno como investigador
Edgardo Mondolfi El Nacional, Caracas, 08-11-2006. Sobre Nación y Literatura, 2006, comp. Con Carlos Pacheco y Beatriz González S.
…en las páginas de Nación y Literatura, destacan análisis sistemáticos, enfoques interdisciplinarios, concepciones y miradas académicas que son, a fin de cuentas, obra del estudio y la dedicación de un puñado de autores pertenecientes a 33 universidades e instituciones de estudio diferentes. Nadie se llame a engaño: Nación y Literatura no es un libro escrito con dulzura ni pretende apuntalarnos ante el mundo a través de un ejercicio retórico para demostrar que nuestra singularidad sigue siendo el equivalente a la Tierra de Gracia. Lejos, pues, de todo afán pueril por catalogarnos como una suma de oportunidades perdidas, y a la vez lejos de toda mistificación de lo venezolano, estamos en presencia de un conjunto de graves cuestionamientos, de un intento colectivo por dejar caer la mirada sobre muchas desgarraduras, debilidades y peculiaridades de nuestro imaginario nacional.
En este libro ya ni siquiera la literatura misma es vista como antes, es decir, sólo dentro de los cánones consagratorios brindados por la tradición. Ello es así puesto que Nación y Literatura genera en el lector la posibilidad de un encuentro con muchos otros géneros, aparte del cuento, la novela y la poesía, raras veces desglosados dentro de una visión panorámica de la literatura venezolana: el humorismo, la tradición oral, los libros de viajes, la literatura autobiográfica, las revistas literarias, los talleres de creación, los premios literarios e, incluso, los desafíos y complejidades que entraña la traducción literaria.
Carlos Sandoval Presentación (14-05-2009) Sobre Sin partida de yacimiento, 2009.
Como en los anteriores trabajos narrativos de Barrera Linares, en Sin partida de yacimiento la gracia, el ludismo sintáctico, los dobles sentidos, los retruécanos, las frases comunes convertidas en axiomas burlescos contribuyen con la fluidez de una prosa a ratos trepidante y divertida.
Lovera de Sola, Roberto ( 11-01-1986). “Beberes de un ciudadano” (reseña). El Nacional. C/2. Caracas.
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De: Parto de Caballeros (novela)
Primera edic.: Caracas: Monte Ávila editores Latinoamericana, 1992 ( cap. 9, pp. 83-98)
Seg. edic.: Caracas: Comala, 2002, cap. 2, pp. 25-42
Capítulo 2
PARIR BIEN VALE UNA MISA
Marcos Knight salió todavía sorprendido pero igualmente contentísimo de la consulta que ese día había tenido con su médico predilecto. Pasó la mano por su vientre y acarició en redondo la buena noticia. Deambuló un larguísimo rato para acostumbrarse a la idea de que sería de una sola vez padre, madre, hijo y quizás espíritu santo. En el comienzo de un final feliz se sonrojó, se felicitó, se apurruñó sus intimidades ante la alegría de sentir que caía en el camino de la salvación. El efecto de su accidentada insensatez con Yoni Caballero florecía ahora sin que ninguno de los dos se lo hubiera propuesto. En cualquier lugar que se encontrara ahora el caballero Yoni, era bendecido por las miles de bienaventuranzas que le arrojaba Marcos desde sus más recónditos espacios íntimos.
-Será para agosto del próximo año -le habría dicho su entrañable amigo el Doctor Carmelo Morales Cachacour.
Completamente confuso pero no menos alegre por el hecho, el médico intentaba ocultar la duda delante de Marcos. Dio escasa importancia a la terrible trascendencia, a la insolitez de lo que había descubierto. Reflexionó después de leer, releer y volver de nuevo sobre aquellos exámenes, hasta que tuvo que aceptar como creíble lo que siempre imaginó perteneciente a las novelas de Aldous Huxley. Antes de conversar con su paciente para confesarle lo que aún no creía, se serenó, recuperó la tranquilidad, planificó reflexivamente su discurso, hasta que supuso que lo mejor sería planteárselo como si se tratara de un hecho absolutamente cotidiano. Ganó fuerzas para poder explicar aquel absurdo de la naturaleza y continuó con su perorata galénica:
-Tendrás que arreglártelas con tu situación, yo sé que esa temporada es crítica para alguien que trabaja en un hotel. Si quieres te doy una certificación desde ya, aunque lo difícil por ahora es que nos crean.
Marcos ni siquiera dejó lugar para la presunta sorpresa. Asumió muy positivamente que de alguna manera su situación se aclaraba con aquellos resultados, aunque al comienzo llegó a creer que su amigo se burlaba de él. De momento, rechazó la propuesta que le hacía el médico: cualquiera que fuera la razón de aquella inusitada noticia, deseaba guardarla como un secreto sumarial hasta donde fuera posible. Tenía la esperanza de poder ocultarlo por un tiempo, mientras encontraba la manera de aclararse. El mismo tendría que acostumbrarse primero a la idea, para luego tratar de acostumbrar y convencer a los demás. Entonces, en una salida tan incoherente como todo lo que había ocurrido hasta ese momento, sin despedirse, salió disparado hacia las tiendas, caminó largos ratos por los aires contaminados de las avenidas centrales de Caracas.
No cabía de la felicidad que lo había arropado desde la salida del consultorio y entonces compró ropas muy anchas, un poco fuera de moda pero cómodas, lo suficiente para no dar pie a la sospecha ni a la maledicencia de sus vecinos (¡carajo, nunca he pregonado que los detesto por vivir pendientes de la vida de los demás, pero esa es la verdad y nada más que la verdad, a lo mejor tendré que mudarme!).
Pasaron alguno días y -luego de haber cambiado su residencia- una mañana, ya asido a que aquello no era historia inverosímil de adolescencia, Marcos se sorprendió buscando un nombre. ¿César o Emperador? ¿Carlo Magno o Napoleón? ¿Por qué no Garcilaso, Picasso o Parnaso? No, mejor sería un nombre más cristiano y menos célebre. Podía resultar una aventura peligrosa jugar desde ya con la celebridad. ¡Ah, pero eso sí que no! Casi a un mes del hecho, no había recibido respuesta de su tierna carta para el copartícipe de su embarrigamiento. La furia comenzó así a difuminársele por las venas, hasta que decidió definitivamente que el fruto de su naturaleza invertida jamás llevaría el nombre malhabido de aquel hombrejo que lo había engañado con un fabuloso viaje a las playas más hermosas de Cataño. ¡Para qué recordar aquellas vanas promesas de un trabajo de recepcionista bilingüe en el mejor hotel de Santurce, «cosa que no será nada difícil porque mi madre pertenece a la oligarquía puertorriqueña y es dueña de la mejor red hotelera de la isla»! ¡Ni qué decir ahora de las palabras que el viento se llevó acerca de unas cómodas vacaciones anuales en las riberas del «Florida’s River Club». Lástima para Marcos no haber reconocido las mentiras a tiempo. Sin embargo, con las limitaciones de su lenguaje cursi de toda la vida, aceptaba también que la fortuna jamás abandona a sus criaturas y que todo aquel río de malos recuerdos iba a desembocar en un positivo océano de felicidad abrumante y espumosa. Aquel acto amoroso ocasional efectuado en el sótano del hotel donde trabajaba, había dejado en él una huella insospechada. Parecía mentira que un coito casual, un simple ayuntamiento de gallo apurado, le llegara a proporcionar lo que por años deseó sin posibilidades de éxito hasta ese momento.
Recordó entonces las explicaciones también insólitas de su médico: no sé, no sé, no estoy sorprendido, me parece natural, pero hay un detalle de sexualidad invertida que no entiendo. Es algo así como un privilegio, una virtud, un don divino, o sea, quiero decirte, no estoy extrañado pero no tengo noticias de algún caso similar. Debo indagar más, buscar razones más científicas, cosa parecida apenas si recuerdo en una película...
Mientras paseaba alelado, miró una vitrina en la que se anunciaba ropa para niños y volvió su memoria a los cientos de consultorios que había tenido que visitar en busca del tiempo perdido: médicos famosos en el arte de hacer parir con dolor, brujos que se confesaban capaces de logros insospechados para cualquier mortal, fuera hombre o mujer, curiosos de barrio resteados en la idea de sacarle las medias a cualquiera sin quitarle los zapatos, gitanas colombianas que juraban conocer los escondites preferidos de los espermatozoides padrotes, parapsicólogos ex-comulgados por practicar el imborto, comadronas canonizadas, María Lionza, el Negro Felipe González, Yiye Avila, Superman, Linterna Verde. ¡Cuántos más, sin haber encontrado nunca la causa ni la justificación para que un hombre completamente sano no fuera capaz de parir aunque fuera un mínimo grano de maíz que después se multiplicara en mil niños para el mundo! La imagen de lo imposible siempre amparada bajo el escondite de sus sueños, ahora se le había vuelto realidad y aún no hallaba la manera de engranar esto a su vida de todos los días. Ello, por otra parte, no disminuía su alegría, aunque no siempre pudiera manifestarla. Total, su más grande objetivo había sido siempre retar al mundo con un hecho que desarticulara los esquemas de la cotidianidad y ahora ese deseo se le encimaba del modo más simple que nunca esperó.
—...no, la verdad es que he estudiado la anatomía femenina por años, el lado interno del cuerpo masculino también, pero jamás me tropecé con algo parecido. Ni siquiera en la mitología griega. Tampoco en las milenarias culturas orientales. Pero eso es. Estás..., estás como digo. Los ecosonogramas lo indican. Eres dos cosas al mismo tiempo. Eres primero la apariencia por fuera, y segundo la verdad por dentro...
«No forzar los acontecimientos ni violentar el proceso espontáneo de la naturaleza», se repetía ahora con la misma complejidad que siempre había caracterizado su verbo. Así lo entendió desde el momento magnífico en que el desconcertado Doctor Carmelo Morales le ratificó la noticia sin más anestesia posible:
—Vas a tener un carajito, no me preguntes qué ha pasado, pero vas a parir un carajito.
Dos días después, al final de una noche de sueños envueltos en su propia incredulidad, llegó a trabajar y saludó con una sonrisa espléndida; arregló las flores que a diario traían para adornar la recepción del hotel. Pasó el plumero por muebles y mesas; ordenó el archivo de habitaciones ocupadas; apartó las que se desocuparían esa mañana. De pronto comenzó a carcajearse. La secretaria, la otra recepcionista, el telefonista y una de las camareras, que en ese momento iba entrando, se sorprendieron ante aquella inesperada situación. Marcos los miró a todos, a la vez que su sonrisa se esfumaba y aflojó una de sus frases preferidas para los momentos de regocijo:
—No me paren bola, don’t catch bol mí, pliiz, laif is laif, yiu nou.
El telefonista regresó a sus teclas y se permitió creer que aquel indefinido hombre estaba saliéndose de sus cabales sin cavilar. Entre otras cosas, la reacción de hoy le había parecido una oscura desviación de los amaneramientos habituales de Marcos. Levantó el auricular que estaba repicando y desapareció de la escena por el momento. Knight, más que contento, comenzó a tararear una vieja canción de cuna con la finalidad de no seguir llamando la atención («Sooombras nada máaaas...). El ascensor se tragó a la camarera mientras alguien aprovechaba para entrar con un par de pesadas maletas. Marcos salió al encuentro de un nuevo huésped que ya desembocaba del taxi y lo saludó de acuerdo con lo que su intuición le decía:
—Can I help you, Sir?, Welcome, Sir, I am happy, Sir, you look happy too, don’t you?
El vientre comenzó a llenársele como de viento, le creció desmesuradamente a partir de los dos meses. Volvió a visitar al médico. Estaba asustado como cualquier primerizo. Ya había asimilado la idea pero no dejaba de preocuparse ante cualquier cambio que ocurriera en su organismo, en sus hábitos, en su temperamento. Ahora temía que su jugarreta de conservar el secreto durante los primeros meses pudiera salirle mal. Entonces exigió al Doctor Morales que le recomendara una dieta estricta pero no perjudicial. Un régimen que le impidiera engordar demasiado, pero que tampoco lesionara su ya grato embarazo.
Por las noches, en la ingrimitud de su nuevo apartamento, Marcos pasaba horas frente al espejo, sobaba una por una las estrías que lentamente habían comenzado a invadir su barriga, se desnudaba y observaba su prominencia en todas las perspectivas posibles: de perfil, acostado, boca arriba, boca abajo, de espalda, de culo doblado, de frente, echado en el piso, flexionado sobre la cama, posando como un David, inclinado sobre una silla, con los brazos en posición de plegaria, con los hombros doblados hacia delante hasta casi alcanzar con sus manos los dedos de los pies... Mas tarde tomaba su baño diario, se perfumaba como para una celebración en grande, tanteaba sus tetillas que también habían comenzado a crecer y amenazaban con llegar a ser tetas de verdad, se encerraba en su bata bordada... Y finalmente se sentaba a continuar el tejido, que ya le parecía atrasado.
Algunas veces sentía deseos profundos por cierta distracción sexual con alguno de sus amigos más íntimos, pero terminaba reflexionando y se censuraba a sí mismo por verse llamado a ceder ante la tentación de la carne. Decidía ser fuerte como un roble sin sexo, pero en el fondo agradecía a la vida esos arranques eróticos que le entraban de vez en cuando. Gracias a uno de ellos, meses antes había caído en las garras libidinosas de un buscafortunas a quien intentó engañar diciéndole que tenía acciones en aquel hotel turístico tan reputado entre las putas más alcurniosas de la ciudad. El otro, con muchas más agallas que él, también le había ofrecido grandes posibilidades de incursionar en el turismo puertorriqueño. Y en un final de juego cortazariano, todo acabaría en un triste lamento a lo Borinquen. Después de dejarlo sin un centavo, el enano más bonchón del Caribe lo había embarcado también con la carga que ahora crecía en sus adentros («¡Si no fuera porque no tengo quien me lo cuide! ¡Todo lo demás me importaría un carajo! ¡Pero no te preocupes, no te preocupes –golpecitos en la barriga – trabajaré como una negra trinitaria para que no te falte nada!»).
A Yoni Caballero, puertorriqueño de Cataño, vivalapepa conocido a lo ancho del Caribe, y eyaculador de profesión sin domicilio fijo, le había molestado sobremanera que se estuviera diciendo que tenía una predilección misteriosa por los peluqueros y los bailarines. Y que esta vez el tiro le hubiera salido por la culata del sótano de un hotel de mala suerte. A decir verdad, usualmente Yoni más bien disfrutaba de estos comentarios y los celebraba con verdadera sinceridad. Si se lo observaba en detalle, se podía llegar a la conclusión de que tenía una figura muy similar a la de un bufón de corte invadida por plagas plebeyas. Pero a la vista de observadores no detallistas, el chico malo de Puerto Rico lucía bien parecido. Un rostro casi femenino y un peinado a lo John Travolta lo habían ayudado a desarrollar una auténtica carrera en el mundo de los homosexuales.
Conocía muy bien las debilidades de todos, de acuerdo con el tono de voz, disfrutaba horrores en sus francachelas con ellos y en el fondo los consideraba muy puros y leales. Últimamente andaba preocupado por las antiguas noticias sobre el SIDA, que ya era una enfermedad rutinaria. Pero también estaba ya habituado a portar dos o tres condones dentro de la caja de cigarrillos que siempre llevaba consigo. Las paredes de la habitación de hotel en que vivía testimoniaban de manera muy cierta sus preocupaciones por la enfermedad: «Vivir en pareja es mejor», «El sexo desordenado sí da Sida», «El Sida no es vida», «El hombre, como el oso, mientras más bello más sidoso». En sus ratos de meditación juraba no tocar un culo más en su vida, aunque de vez en cuando bromeara con las consecuencias. Un inmenso letrero coronaba su convencimiento y decoraba el espejo que daba a la cabecera de su cama: «SANTA CLAUS YA NO SUELE BAJAR POR LA CHIMENEA PORQUE LE HAN DICHO QUE EL SIDA SE PEGA POR EL HOLLÍN». Cuando quería disgustar a sus amigos, entonces enseriaba el rostro y les exigía alguna prueba certificada de que eran ajenos a la calamitosa enfermedad. Más de una vez escuchaba algún “coño’e madre” fugaz, pero entonces explotaba en risas y convertía la solicitud en una broma de verdad. Conocía tanto a los homosexuales que podía jugar con sus vidas como le viniera en gana. Aunque cobraba caro, era famosísimo entre ellos como muy buen semental. Se sentía orgulloso de su pipí de oro y de haber invadido con sus inmensos chorros de semen un buen porcentaje de los culos más cotizados del caribe y zonas circunvecinas. Le divertía saberse el protagonista de los cuentos más perversos sobre «mariposas». Pero una tarde le llegó su día. Cuando supo lo de la noticia que había salido de Caracas y ya se desperdigaba por todos los casinos, hoteles y antros caribeños, sintió una cosquilla preocupante que no lo dejaría tranquilo en varios meses.
Ciertamente, recordaba con cariño la imagen dulce que siempre le inspiró Marcos. Sin embargo, aquel comentario de que había preñado a otro hombre no le caía nada simpático, ni le parecía broma digna de un recepcionista ejemplar a quien una vez había embaucado con una catorcera de promesas falsas. Al parecer, como no tenía residencia fija, nunca recibió la tierna carta de Marcos. Por la vía del chisme, la noticia le llegó mientras se divertía viendo un espectáculo de senos titilantes en el Hotel San Juan. Se lo había dicho uno de los mesoneros que lo conocía desde que era adolescente:
—Lo malo no es que lo hayas embarazado, sino que parece que va a parir gemelos.
Se lo dijo en voz alta para que los que estaban escuchando compartieran la broma. Yoni se hizo el indiferente, apuró su Gin Tonic y se dirigió a la taquilla para comprar algunas fichas de juego. También el cajero lo observó con una sorna no disimulada, demostrando que ya sabía lo de las relaciones peligrosas con Marcos Knight, un famoso y competente recepcionista venezolano que amenazada al mundo con ganarse aquel famoso premio que una vez ofreció una institución londinense al primer hombre que se atreviera a parir con dolor. «Eso me pasa por empatarme con maricos sentimentales», reflexionó Yoni casi con arrepentimiento. «¡Y yo de idiota cuidándome del SIDA!».
Todo lo contrario de lo que Marcos pensaba, su sorpresivo embarazo era objeto de murmuraciones en todas los encuentros sociales que se celebraban en el hotel desde hacía unos tres meses. Tomaban aquello como algo que parecía estar ocurriendo, pero en lo que no terminaban de creer definitivamente. Algunos optimistas hasta hacían presagios sobre el determinismo: «el que se acuesta con hombre, preñado amanece», y celebraban los chistes a costa de la figura maternal de aquel hombre que comenzaba a adquirir una estampa grotesca. A él nadie se había atrevido a decirle nada directamente, pero comenzó a intuir que algo se traían oculto desde el momento en que le tocó llevar un mensaje a uno de los huéspedes.
Pudo notar que las caras y las risas contenidas de todos los que estaban allí denunciaban un conocimiento de lo que le ocurría, aunque no se atrevieran todavía a creerlo y lo tomaran como un hecho ficticio inventado por él, una pose ocasionada por el afán de un enfant terrible que deseaba ser mujer a toda costa. La anchura de sus guayaberas se percibía ya algo exagerada, puesto que la dieta que había solicitado a su médico surtió desde el comienzo un efecto muy distinto al esperado. Comenzaba a volverse neurótico como para no dejar de parecerse en nada a una mujer embarazada. Su cara empezó a cubrirse de espinillas y la dentadura a oler mal: una epidemia de caries se estaba propagando por la hendiduras de sus muelas, a causa de las carencias de flúor y de tanto masticar bolas de chicle para calmar sus nervios, sus preocupaciones y sus apetitos sexuales exagerados. El día que supuestamente cumplía los seis meses y mientras terminaba de ordenar en una gaveta dos pares de escarpines que había tejido durante el último fin de semana, floreció en su pensamiento una inquietud, a raíz de la lectura de un reciente reportaje sobre el tema: un hombre que por dentro es mujer puede parir un hijo de nadie, como en la canción de Dolores del Río. Eso no estaba en duda. Tampoco le preocupaba aquello de la «femifobia» o temor a ser mujer, dado que él creía haber nacido con la enfermedad contraria, la femifilia. Pero si bien ambas cuestiones estaban claras en su pensamiento, palabra y obra, había otra cuya respuesta necesitaba con la urgencia del que solicita la extrema unción: ¿Por dónde pare un hombre? Se acercó al espejo, bajó sus pantalones frente a él, se volteó y observó detenidamente sus regordetas posaderas para llegar a la conclusión de que el único agujero posible sería demasiado pequeño en el momento de soportar el paso de una cabeza de por lo menos cuatro centímetros de diámetro. Se resignó con la idea de preguntárselo a Carmelo Morales, dentro de dos semanas, cuando correspondiera la próxima consulta.
El Doctor Morales acababa de regresar a casa, después de un pesado día atendiendo a tres parturientas retrasadas, a quienes finalmente hubo de cesarear. En realidad ninguno de los tres maridos había aceptado inicialmente la solución de que les echara cuchillo a sus mujeres. Pero cuando el médico adoptó su seria pose de sacerdote infalible y les habló en un tono grave, pausado e incomprensible, no les quedó más remedio que creer en su palabra de dios. Morales afirmó convincentemente que el juramento de Hipócrates contemplaba un añadido según el cual no deberían sacrificarse dos vidas al mismo tiempo, sobre todo si se trataba de casos crónicos de «penectonía eyaculosa intercostal», como los que tenía en sus diagnósticos en ese momento. Entonces los tres tristes padres comenzaron las cuentas en serio: brotaron las chequeras, se asomaron las tarjetas de crédito y siguieron las llamadas a las compañías de seguros para preguntar cuánto cubría una póliza tres escudos en el caso de una cesárea no premeditada por el médico tratante. Ese día el Doctor Carmelo Morales se cercioró de que había tenido que fregarse demasiado, primero destejiendo barrigas con celulitis, y después tejiendo órganos desde adentro hacia afuera. No obstante, al final sintió la satisfacción de enfrentarse a tres tipos casi arruinados con caras de felices infelices, tres bebés con rostros de uva pasa, chillando, tres madres cosidas hasta por donde no deberían haber sido cosidas y una cuenta bancaria que le aseguraba cero preocupaciones por el resto del mes.
Ya en la sala de su apartamento, bañado, vestido, comido y cogido por la sorpresa de su esposa, penetró en el ambiente musical del balcón; cambió el CD de Celia Cruz que sonaba en ese momento y decidió que Antonio Vivaldi sería mejor compañero de infortunio, sobre todo a la hora de pensar seriamente en las consecuencias que traería para su carrera el parto de los montes que significaba cesarear también a Marcos Knight. «Obviamente debe ser extrauterino, puesto que he descubierto que lo único que hay en él es un útero atrofiado», reflexionaba científicamente. Supuso que de cualquier manera él sería un hombre afortunado, ya que después del parto lo menos que le esperaba era, si no la riqueza, la gloria, la celebridad, los diarios, la televisión, una entrevista en Londres para la BBC, otras en París, Bogotá, Tokio, Ámsterdam, Melbourne y quién sabría cuántas más en todo el mundo. Imaginaba las caras de los habitantes del apartado pueblo colombiano de donde había salido hacía más de veinte años. Estaba seguro de que la Cadena Caracol pondría sus mejores cámaras al servicio del primer colombiano que, después de Gabriel García Márquez y Pablo Rodríguez «Gacha», había logrado que su imagen recorriera el mundo a través de los satélites, y que además su nombre fuera traducido, malpronunciado e imitado en cientos de idiomas del mundo. Pensando en la pronunciación polaca del apellido Morales, pisó tierra de nuevo y regresó a las paredes del balcón de su apartamento. Vio en detalle la imagen del Nazareno que colgaba frente a él y le hizo una promesa secreta que solo él escuchó.
Quería ser sincero con su propia conciencia y aceptaba que al comienzo había tenido su duda melódica. Creyó al comienzo en la posibilidad de un embarazo psicológico y de allí su complicidad con Marcos para que el hecho continuara oculto. Pero, ahora, en ese instante, después de siete meses de ver crecer la potencia de su inmortalidad, soñaba con no tener los mismos problemas que había tenido José Gregorio Hernández para ser canonizado por el Papa. Estaba seguro de que su salvoconducto a los predios celestiales era mucho mejor aval que los milagritos aludidos por los fanáticos del médico venezolano con aspecto de candidato presidencial. Ahora, después de siete meses de radiografías, ecosonogramas, pruebas psicotécnicas, análisis psicotrópicos, y quién sabe cuántos estudios más, ya nadie podía negarle que lo del feto en las entrañas de su amigo era una verdad tan inmensa como que Juan Pablo Segundo era calvo y con dos pelucas. «Será antinatural, será el primer hombre femenino por dentro, será un sueño al revés para dar curso a una extraña historia de novela, pero es cierto, ¡salió mi número, coño, por fin, salió mi número!». A esas alturas su seguridad era absoluta. No había examen que no hubiera resultado positivo: los tactos anales y las mediciones periódicas del crecimiento del abdomen eran inobjetables. Los mismos síntomas descritos por el paciente constituían una evidencia más de la gestación.
Lamentablemente, no se había atrevido a consultar a otros colegas hasta estar completamente seguro y en eso se le habían pasado siete desesperantes y angustiosos meses. Siempre lo favoreció la actitud de Marcos por mantener aquello sin mucha ostentación. Si al final no se daba, muy bien, nadie perdería nada y el mundo retornaría a su órbita. «¡Adiós fama del alma, te fuiste sin saber que era tuyo mi amor!». Pero nada más. En cambio, si se divulgaba mucho entre otros médicos, era muy probable que alguien más hábil que él quisiera robarle la primicia o denunciara el hecho ante el Ministerio de Sanidad y Asistencia Social. O que algún colega envidioso recurriera a las instancias gremiales para protestar por sus aspiraciones al monopolio de la fama. No obstante, parecía haber llegado el momento de las consultas con otros profesionales de la obstetricia y la gineculogía. Necesitaría por lo menos varios ayudantes en la operación y un anestesiólogo, un equipo de enfermeras y algún otro personal de absoluta confianza. Era ya la hora de elegir a los privilegiados que compartirían con él la suerte de partear al primer macho convertido en parturienta. Comenzaría ese otro día. Apenas le restaba un mes y si acaso unos días. La fecha exacta del parto había sido un verdadero problema desde el comienzo. Contradictoriamente, para la medicina que Carmelo aprendió alguna vez en Salamanca, Marcos Knight había nacido menopáusico puesto que nunca vivió los dolores de la menstruación. Eso, precisamente, impedía hacer los cálculos habituales en estas situaciones y había sembrado de imprevistos el desarrollo del embarazo.
Por otra parte, era difícil hacer un seguimiento de la maduración del cuello uterino del afectado ya que no tenía ni cuello ni útero desarrollado y visible. El ano, la única vía de acceso a sus feminidades había recibido demasiado uso antes de que la preñez llegara, y, en consecuencia, no era una fuente lo suficientemente confiable como para hacer predicciones de otra naturaleza que no fueran las del desgaste por exceso de frotación. De modo que el problema fundamental del médico ya no era la seguridad del hecho, sino la manera como tendría que arreglárselas para que la operación fuera un éxito de taquilla: no había ninguna duda de que habría que cesarear también, y esta vez obligado, dada la situación natural del paciente, pero éste no tendría que preocuparse por los honorarios médicos. Si era preciso, Carmelo Morales Cachacour consumiría todas las cesáreas de su vida en aquella odisea histórica. No dejaba de pensar en las cámaras de televisión dentro del quirófano ni en las enciclopedias que por el resto de la historia de la humanidad registrarían aquel hecho tan crucial. Bajó otra vez de la nubes de su imaginación. Llamó a su esposa para que por el amor de Dios le sirviera un güisqui de Caldas con hielo bien frío y se dispuso a enterarla de lo que estaba ocurriendo y del futuro que a ella le correspondería como la esposa del médico que amenazaba con destronar a Galeno y a Hipócrates de los prontuarios de la medicina. Charló con ella durante diez minutos. Explicó, gesticuló, recurrió a la jerga médica más ortodoxa para narrar su experiencia, se arrodillo, invocó boleros, rancheras, cumbias y merengues apropiados al momento, buscó por todos los medios que la historia resultara verosímil, y cerró su discurso con la diplomacia que su futuro estatus le reclamaba. Pero estuvo a punto de ahogarse con uno de los trozos del hielo que contenía su vaso, al descubrir que la única frase que su esposa había pronunciado era el reflejo absoluto del escepticismo:
—¡No jurungue!, ¡si hubiera sabido que terminan delirando, no me hubiera casado con un médico!
La fama de afortunado cazafortunas de que Yoni Caballero disfrutara durante muchos años, había descendido notablemente desde los últimos dos meses y medio, en proporciones que alarmarían al candidato presidencial más seguro. Luego que se supo de sus andanzas en Caracas y de su terrible fatalidad con un honorable recepcionista bilingüe, los índices de popularidad que siempre lo habían favorecido andaban casi rasgando los pisos de las tabernas, bares y casinos que visitaba. Cansado de tanta infamia, hastiado de la calumnia y del rumor, y en su afán por cerciorarse de las causas por las que la broma se hubiera popularizado tanto, se dispuso a trasladarse de nuevo a Venezuela. No sabía él que si bien en el exterior todo se daba por sentado y nadie dudaba ya de la futura maternidad de Marcos, en el propio lugar de los acontecimientos las campañas oficiales escondían permanentemente el hecho (luego de que Marcos y el Doctor Morales se decidieran a hacer pública la situación). Nadie allí estaba seguro de nada. Tampoco él creía mucho en los murmullos malsanos. No había leído otra cosa que no fuera chismes de revistas amarillistas, y finalmente quería encontrar otra vez a Marcos y dejar bien clara su situación. Le pediría, o le exigiría, o lo amenazaría, si no cesaba aquella fastidiosa batahola de descrédito en que lo había inmiscuido.
Entre otras cosas, Yoni se consideraba a sí mismo un profesional serio. Jamás supuso que una inofensiva noche de placer le traería tanta consecuencia nefasta. Ya para ese momento, la Asociación Pro Defensa del Homosexualismo de Miami y la Confederación Internacional de Homosexuales del Reino Unido lo habían declarado «persona no grata» y gestionaban un voto de censura para él en el próximo congreso a realizarse en Aruba. Este hecho, que también había recorrido el Caribe por medio de la técnica del rumor, generó secuelas terribles para su trabajo en las antillas y estaba a punto de convertirlo en un chulo desempleado. Así que no le quedó más remedio que comprar su pasaje San Juan-Caracas-San Juan y tomar el avión con el único objetivo de enterarse de las verdaderas causas del agravio. Al comienzo, nunca creyó que lo del embarazo pudiera tener algo de verdad, a pesar de que también sabía que un periódico clandestino de su país, el «Puerto Rico Libre», había reseñado la cuestión en sus páginas sociales. Allí mismo se informaba que una agencia de viajes norteamericana estaba preparando también «clandestinamente» una excursión a Venezuela para todos aquellos interesados en presenciar el parto desde más cerca.
En el país de los ciegos que era Venezuela, ni siquiera los tuertos se daban por enterados, pero la gente murmuraba el acontecimiento en todas partes. El nombre del hotel donde trabajaba Marcos se había puesto de moda. Miles de turistas acudían a él para hospedarse, inocentes de que, por recomendaciones secretas de su médico y aceptación inmediata del gobierno, lo habían enviado a algún lugar secreto para que pudiera cumplir rigurosamente el resto de su lapso prenatal. La bomba había reventado oficialmente con la primera rueda de prensa dada por el Doctor Carmelo Morales. Juiciosamente precavido, el médico colombiano acudió primero a las altas autoridades del gobierno. No obstante su seriedad, su reputación y sus documentos, al comienzo nadie le creyó y uno de los funcionarios lo amenazó con prisión por burlarse del Presidente. Días más tarde, la presencia de Marcos los obligó a tragarse sus incredulidades y a quedarse alelados ante aquel vientre descomunal.
—¡Después de la democracia, cualquier verga es posible en este país! ¡Mi madre! –exclamó uno de los ministros presentes.
Todos fueron sobrecogidos por aquella sorpresa cuya dimensión no midieron de inmediato. Entonces el Presidente se irguió al lado de su secretaria privada, levantó su dedo, lo hizo girar en círculo y ordenó sin pensarlo una inmediata rueda de prensa.
—¡Debe saberse que ha sido durante mi gobierno! –fue su única frase.
Y así, al otro día, Carmelo Morales Cachacour explayaba su sonrisa ante cientos de reporteros, para iniciar su camino a la fama. Además de Marcos, lo acompañaban el Presidente del Colegio de Médicos, como emisario del Presidencia de la República, el Fiscal General, el Presidente del Consejo Supremo Electoral, el Director de la Oficina Central de Información, el Ministro de Sanidad y Asistencia Social y la suplente de la Primera Dama, es decir, la Secretaria Privada del Primer Magistrado; además estaba también presente el director de la clínica que había ganado la licitación para la ejecución del parto.
Ya, ahora sí, el nombre de Marcos se convirtió en una fija en todas las ediciones de todos los diarios. Una empresa de televisión de Brasil envió un agente de negocios cargado de billetes para que comprara los derechos de filmación y ofreciera al sortario machihembrado una serie de cuñas comerciales que le garantizaran una vida a todo dar para él y para el niño o la niña. El presidente de los Estados Unidos de América ofreció en público telegrama la nacionalidad norteamericana, no sólo para el infante y para su papamadre, sino también para el hombre que había aportado sus potentes espermatozoides y había dado origen al hecho más sobresaliente del siglo y sus alrededores. Siendo puertorriqueño el padre, ya era ciudadano norteamericano de tercera categoría, entonces tanto a él como a su retoño les sería concedida la nacionalidad auténtica en un acto público a celebrarse en la propia Casa Blanca. Igualmente, el Premier ruso se dirigió a la Cancillería venezolana para poner a la orden una serie de documentos. En los mismos se probaba que los Knight del centro de Venezuela «son descendientes de una antigua expedición rusa que, durante la época prehispánica, ingresó cladestinamente al país, a través de lo que siglos más tarde sería el puerto de Carenero, y mucho antes de que la Reina Isabel decidiera poner el ‘aprobado’ a los créditos solicitados por Cristóbal Colón para adquirir tres carabelas e iniciar el ruleteo por los mares, buscando indias» (traducción libre del narrador). Anexo a la documentación oficial, reposaba un exhaustivo documento, refrendado por el filólogo y traductor N.F. Potapova, experto oficial del régimen moscovita, quien aseguraba que «Knight» era un apellido derivado de las palabras bolcheviques «Kapta» (mapa) y «pocpátb» (dormitar), degeneradas posteriormente, gracias a los calores y la pronunciación tropical.
A todas éstas, Yoni apaciguaba su rabietas contenidas quemándose las agallas con el más fuerte de los rones, fumando como una puta arrestada, y marcando cada rato un mismo disco en la rocola de un bar del centro de la ciudad: «échame a mí la culpa de lo que pase, cúbrete tú la espalda con mi dolor... (bis, bis, bis, bis, bis, bis...). Ya era imposible evitar los extras que a cada rato daban por televisión, puesto que todos los aparatos del país permanecían encendidos en todas partes las veinticuatro horas del día. El pobre de Yoni estaba tan desesperado que ni siquiera lo sedujo la oferta que había hecho el Presidente de los Estados Unidos. Consideraba que su orgullo de sibarita y su honor estaban por el suelo. Eso era suficiente para querer continuar en su condición de ciudadano natural del Estado Libre Asociado. De momento, se dedicó a investigar más detalladamente el posible lugar donde habían escondido a Marcos. Entre copa y copa, juró que si lo encontraba él también pasaría a la historia, no propiamente como padre célebre, sino más bien como filicida y mariquicida pobre pero honrado. Se envalentonó y entonces salió del anonimato. Hizo sentir su presencia, rechoncha y bien peinada, en el país, puso cara de afligido ante las cámaras de televisión. Dejó explotar un sin fin de flashes en su rostro y argumentó que como padre de la criatura tenía derecho a saber dónde se encontraba su esposo. «¡Ay bendito, por favol, señores!». «Que a lo mejor su hijo lo necesitaba y era injusto que lo hubieran secuestrado de esa manera. Qué dónde estaba la libertad y el librepensamiento que pregonaba un gobierno que se apoderaba de los ciudadanos y los acuartelaba sin cuartel. Que el mundo entero se enteraría de aquella atrocidá y que la Organización Internacional de los Derechos Humanos sabría del exabruto».
Sin saberlo, Yoni se estaba comportando como cualquier político latinoamericano y sus palabras sonaban a liderazgo fingido. Pero algo logró. Nadie hizo caso de su perorata. Nadie creyó que él fuera realmente Yoni Caballero, aunque se llamara igual. Nadie dudó de su origen puertorriqueño, pero se negaron a aceptar que un tipo con cara de ángel caído fuera el autor del milagro de la maternidad masculina. Pero algo logró: Dejando de lado las furias conyugales del primer momento, Marcos se alegró enormemente cuando escuchó la voz quejosa de Yoni en la radio. Se sintió feliz y se apretó el vientre en un inconfundible ademán maternal. Obviamente, Yoni no supo nada de esto, pero su sexto sentido “estadounidense” le indicó que no todo había sido en vano. Entonces regresó al barcito de la Avenida Baralt retomó su puesto aún vacío en la barra y le dijo al portugués que limpiaba las mesas, cantaba, servía los tragos y cobraba:
—¡Ea, ea, que me sirvan otra copa y muchas más...!
Luis Barrera Linares. Discurso y literatura. Teoría, crítica y análisis de textos a partir de los aportes del análisis del discurso. Caracas: Los Libros de El Nacional, 2003. pp. 5-12. ISBN: 980-388-041-1
Introducción
El espectro discursivo
Comunicativamente, las sociedades humanas se agrupan bajo la orientación de las formas discursivas que (re)producen y a través de las cuales conciben y le dan forma al mundo. Convengamos para entendernos que, en ese mismo sentido, el lenguaje permite al hombre diseñar cognoscitivamente dos tipos diferentes de universos: el universo físico y el universo conceptual. Si atendemos a la propuesta de Patrick Charaudeau (1983, 1992), que a su vez ha sido reformulada por la investigadora venezolana Iraida Sánchez de R. (1993), podríamos aceptar también que al organizar tales universos mentalmente, a fin de materializarlos lingüísticamente, lo hacemos a través de un “ordenamiento” que resultará diferente, de acuerdo con la configuración interna que le damos y el propósito que nos mueve a comunicar algo. De allí que ambos autores hayan adoptado para el caso la denominación “órdenes del discurso” al aludir a las distintas materias de que se componen los textos, de acuerdo con su coherencia interna y el modo como pueden éstos aludir a la realidad. Varios serían los órdenes existentes, pero para lo que aquí nos interesa, destacaremos fundamentalmente la existencia de cinco de ellos: narración, descripción, instrucción exposición y argumentación.
A nuestro criterio, los tres primeros (narración, descripción e instrucción) parecen responder a tres estadios distintos de una realidad discursiva particular: confluyen en la perspectiva de una captación del mundo desde fuera de él, con la siguiente diferencia:
La organización de lo narrativo constituiría una especie de mímesis o calco del funcionamiento del universo físico, en movimiento: personajes desenvolviéndose dentro de ciertos acontecimientos, razón por la que generalmente el resultado remite a una secuencia de acciones. A su vez, la descripción reflejaría estados o escenas particulares de ese mismo universo, pero estacionariamente (si se quiere, pudieran ser consideradas secuencias narrativas equivalentes a imágenes “congeladas”).
La instrucción (o recurso lingüístico para exhortar a otro a que desempeñe una conducta específica) guarda igualmente un cierto parecido con la narración, y aunque no refleja propiamente una secuencia de acontecimientos (porque no es un orden representativo), sí implica la posibilidad de que el exhortado realice lo instruido y sus acciones puedan ser posteriormente “representadas”. Quiere decir que la narración alude a una secuencialidad accional ejecutada, en tanto la instrucción se refiere a una secuencialidad por ejecutar.
Y si atendemos a las otras dos materias u órdenes discursivos que hemos referido arriba, nos encontraríamos que uno de ellos, la exposición, se corresponde con una captación del universo conceptual desde fuera de él (como ocurre con el universo físico en los casos de la narración y la descripción): es decir, mediante la exposición el discurseante refleja conceptos, ideas o hechos que le son ajenos, que existen independientemente de su emisor. Visto así, dentro de este espectro discursivo, el único orden auténticamente subjetivo sería la argumentación: materia que sirve al usuario para manifestar sus juicios de valor, sus creencias, sus opiniones, acerca de los hechos del universo (físico o conceptual).
Podríamos reconocer entonces la existencia de dos órdenes dircursivos que resaltan por sobre los demás y que constituirían los dos extremos de ese continuum discursivo (figura 1): son la narración y la argumentación. Dentro de ese conjunto, la narración pareciera adquirir una importancia fundamental, por encima incluso de la argumentación, en la que, por razones de programa, no insistiremos demasiado aquí.
Pensemos, por ejemplo, que, de acuerdo con lo dicho aquí, los tres primeros órdenes, más que materias propiamente diferentes parecen facetas distintas de un solo megaorden o supraorden que los engloba: la NARRACIÓN. A esto podemos agregar que narración y exposición comparten el rasgo común del “punto de vista” desde el cual actúa el emisor (la captación del universo). Y si bien lo narrativo y lo argumentativo marcan la diferencia dentro del conjunto, y ambos merecen una atención particular, la variabilidad tipológica y los rasgos inherentes de la narración nos llevan a considerarla la materia discursiva más relevante en muchos aspectos, como explicaremos a continuación.
Narrar es de humanos
La estructura, el desarrollo y la multiplicidad de formatos del texto narrativo han sido una preocupación permanente dentro de los estudios literarios. Diversos enfoques se han elaborado durante la historia de la preceptiva literaria para dar cuenta de los rasgos tipificadores de la narración, y ello se ha hecho además a partir de distintos enfoques. Por su presencia inevitable en el desarrollo de las civilizaciones, lo narrativo ha sido objeto de interés y curiosidad desde épocas muy remotas. Prácticamente, el hombre se ha dedicado a relatar historias, y a reflexionar sobre el modo de hacerlo, desde el mismo surgimiento de la humanidad, ya fuera por la vía propiamente lingüística (oral, desde los inicios del lenguaje; gráfica, a partir de la invención de la escritura), o mediante otros recursos como sus manifestaciones pictóricas y artísticas en general. Es decir, la vida misma del homo loquens ha corrido paralela con un permanente afán por relatar aconteceres propios o ajenos. Hacer aquí el recuento de esa apasionante cronología rebasa de manera notable los propósitos del presente volumen, razón por la que sólo aludiremos muy sucintamente a la relación existente entre la narración, en cuanto que fenómeno cognoscitivo, y algunos rasgos privativos del lenguaje, como facultad exclusiva del hombre.
Sin pretensión de ser originales, pudiéramos decir de entrada que el narrar constituye un modo casi natural que el ser humano ha encontrado para establecer contacto comunitario con sus semejantes y con el entorno en general. De modo que lo narrativo constituye una realidad discursiva que va mucho más allá de su mera consideración como una materia u orden más dentro del espectro textual.
Desarrollaremos entonces algunos argumentos útiles para la justificación de esa hipótesis que, aunque no ha sido desconocida en las investigaciones del discurso, genera todavía ciertas reservas, sobre todo entre quienes analizan las diferentes materias textuales como si se tratara de un sistema general dentro del cual lo narrativo guarda nexos de paralelismo y de jerarquía menor con otras formas expresivas.
En consonancia con las explicaciones precedentes, adelantemos que, al menos en el marco de este breve volumen, asumiremos como premisa inicial la consideración de la narración como un supraorden u orden discursivo primario y decisivo para el desarrollo de otras habilidades comunicativas del hombre.
A tal efecto, podemos comenzar recordando que, por muchos esfuerzos que haya hecho la llamada “psicología animal”, muy difícil le ha sido demostrar que existan otras especies distintas de la humana, capaces de desempeñarse comunicativamente con base en sistemas lingüísticos similares a las lenguas naturales (véase el respecto Paéz Urdaneta, 1991, cap. 2 y Steinberg, 1993, cap. 2). Disciplinas tan respetables como la psicolingüística antropólogica, la psicolingüística experimental y la neuropsicolingüística han demostrado que el lenguaje hablado es una facultad inherente exclusivamente al hombre. Para ello han argumentado sobre la existencia de un conjunto de rasgos que, juntos, sólo son posibles en las lenguas naturales. Veamos por qué:
Toda lengua humana es considerada un sistema codificado complejo que:
1. Suele organizarse en dos categorías de unidades: unas mínimas sin significado (los fonemas) y otras mínimas con significado (los morfemas). Este doble nivel permite la organización de un número infinito de mensajes (estructurados, por ejemplo en palabras, frases, oraciones, períodos, etc.), a partir de un inventario limitado de elementos (los fonemas). El proceso se conoce como “doble articulación”, de acuerdo a como lo propusiera el lingüista francés André Martinet.
2. Permite que el usuario reflexione sobre el propio sistema, lo juzgue, lo evalúe y se refiera a sus características. Es decir, se trata de un sistema codificado autorreflexivo.
3. Admite la elaboración de significados no coincidentes con la realidad, esto es, significados ficticios o inexistentes dentro del marco de referencias que manejan los interlocutores. Con esto facilita la prevaricación intencional, la creación de mensajes y universos de ficción.
4. Ofrece la posibilidad de que el emisor refiera hechos del pasado, del presente y del futuro, en relación con el momento en que lo está expresando (desplazamiento temporal), además de no poner límites acerca de los espacios aludidos: inmediatos, cercanos o lejanos del lugar de la emisión, e incluso imaginarios (desplazamiento espacial).
Aceptados estos hechos, es natural que se imponga la especificidad del lenguaje en relación con la especie. Así mismo, algunas de las características mencionadas son también inherentes a la narración. Si, como veremos, el desplazamiento y la prevaricación intencional son factores importantísimos para la elaboración de textos narrativos, muy bien podríamos también pensar en la narración como la forma discursiva más importante para el desarrollo del caudal cognoscitivo humano.
Podríamos añadir incluso un argumento de tipo neurolingüístico: independientemente de que el hemisferio cerebral izquierdo sea o no un “hemisferio dominante” en relación con el lenguaje (hecho bastante discutible hoy día), sí se ha demostrado experimentalmente su estrecha vinculación con el control y desarrollo de conductas y esquemas cognoscitivos relacionados con estadios secuenciales, sumamente importantes tanto para la organización de las formas lingüísticas en general, como para las narrativas, en particular (Barrera y Fraca, 1999).
Aparte de que hay suficientes demostraciones experimentales que evidencian que algunos pacientes con afasias semánticas progresivas pierden diversas facultades lingüísticas y cognoscitivas, pero la facultad de relatar se mantiene hasta etapas tardías de la enfermedad (Rondal y Seron, 1991). De igual modo, la revisión de los diversos tópicos compilados por esos mismos autores permite inferir las relativas facilidades que muestran los niños no oyentes (o con retardo) para expresarse mediante la narración de historias, independientemente de los sistemas de codificación que utilicen. Lo mismo parece ocurrir cuando se hace seguimiento de procesos lingüísticos regresivos, ocurridos en ancianos de prolongada edad (Kemper, 1986, Tun, 1989, Obler, 1991). En la medida en que se van debilitando las habilidades lingüísticas generales en las personas mayores, éstas parecieran reforzar notablemente sus recursos narrativos, fundamentalmente en cuanto a la memoria mediata o remota. En contraste, la interpretación o producción de textos de otra naturaleza (principalmente argumentativos y expositivos) se hace una tarea cada vez más ardua.
Además, desde la mera perspectiva cultural de la humanidad, es obvia la presencia de la narración en un conjunto de manifestaciones expresivas que van desde las formas comunicativas más cotidianas y elementales como el comentario narrativo rutinario ( el chiste, la anécdota y el chisme, por ejemplo, la relación de un hecho cualquiera), hasta otras un tanto más complejas, informativas o artísticas (la noticia, el reportaje, la epopeya, la (auto)biografía, la novela, los partes científicos o policiales, el cuento, la fábula, la estampa, el diario, la crónica). Y esto, sin olvidar tipologías narrativas particulares de otras naturalezas: la canción (popular y no popular), la zarzuela, la ópera, las narraciones pictóricas, el cine, el teatro, la telenovela, etc. No olvidemos tampoco que la estructura narrativa sirve en muchos casos para articular y hacer posible la mímesis de otras materias discursivas que se muestran más tardías en el proceso de desarrollo del lenguaje humano (Barrera y Fraca, 1999).
Quiere decir que, por ser la más cercana a la propia naturaleza del lenguaje, la superestructura narrativa suele servir de soporte o vehículo lingüístico inicial para el acceso a otras formas discursivas posteriores. En diversas etapas de su vida, el hombre convierte en narración todo lo que no puede manifestar de otra manera. Puede exponer ideas narrando; ofrecer opiniones o mostrar los aspectos relevantes de una situación u objeto, narrando; dar instrucciones, narrando. Como si hubiera la creencia subyacente en su competencia lingüística de que todo en el universo es “narrable”. Un ejemplo cotidiano: ante la necesidad de recuperar la atención de una audiencia distraída, todo experto docente u orador suele recurrir (a veces intuitivamente) a las ventajas más que demostradas de la intercalación repentina de un cuento, una anécdota, un “chisme”, o cualquier comentario que tenga como base una historia. Es asombrosa la manera como los oyentes “despiertan” y vuelven a centrar la atención en lo que decimos cuando recurrimos al “gancho” narrativo para cautivarlos de nuevo. Narrar es entonces la actividad comunicativa humana por excelencia. Lo que a su vez hace pensar incluso en una hipótesis, no por más arriesgada, menos atractiva: la posibilidad de que la narración constituya la única materia discursiva verdaderamente universal.
Habría que investigar entonces muy seriamente esta premisa de que lo narrativo esté sujeto en el ser humano a la misma especificidad que la investigación lingüística le ha atribuido a la facultad del lenguaje. Y si esto llegara a comprobarse, igualmente serviría para justificar la narratividad como el fenómeno comunicacional de mayor relevancia para la especie. Por encima de otras materias (descripción, exposición, argumentación, instrucción, etc) el texto narrativo constituiría la forma expresiva más relevante de la humanidad.
Y de ahí su importancia como recurso discursivo que pudiera muy bien implicar a todos los demás (abarcándolos, incluyéndolos, transformándolos) y su indudable relación con todo lo que tiene que ver con la formación y evolución conceptual del hombre: igual que el lenguaje, materializado principalmente a través de las llamadas lenguas naturales, lo narrativo estaría vinculado a lo humano desde muy temprano, y desde los inicios de su historia cultural y social, razón más que suficiente para que se le considere como la expresión textual más expansiva. De allí también la proliferación de manifestaciones concretas en diversos tipos de textos narrativos específicos (naturales o ficticios, para atenernos a la terminología global utilizada por Teun van Dijk, que desarrollaremos más adelante, capitulo 3).
Esas son algunas de las razones para que nos hayamos propuesto esta indagación discursiva sobre la narración, en el marco teórico de la lingüística del discurso, y principalmente desde la perspectiva comunicacional, a fin de establecer los vínculos con la narración literaria, pero con la esperanza de que los planteamientos puedan igualmente ser aplicables a tipologías literarias cuya base de sustentación lingüística sean otros órdenes distintos.
En el primer capítulo desarrollaremos algunos aspectos que intentan ubicar al lector en el marco teórico general del que deseamos aprovecharnos. El mismo sintetiza la consideración del texto literario a partir de las tres corrientes de la lingüística contemporánea que mayor relevancia han tenido durante el siglo XX: el estructuralismo, el generativismo y la lingüística del discurso. Una vez demostradas las ventajas teóricas y metodológicas de esta última, asumiremos como punto de partida las principales premisas teóricas de la misma, en virtud de sus necesarias implicaciones filosóficas con la narratología y la estética de la recepción, disciplinas que también habrán de servirnos como soporte fundamental.
La consideración del fenómeno literario, como parte de un circuito comunicativo de características muy particulares, implica también la necesidad de indagar en torno al texto literario como parte de un “acto de habla ritual”, abordaje para el cual nos basaremos principalmente en los conceptos de autores como Teun van Dijk, Michael Halliday y Mijail Bajtin, entre otros. Ese será el contenido del capítulo 2. Nos proponemos esquematizar la interrelación de factores fundamentales dentro del proceso de producción literaria como lo son el escritor, el receptor, los contextos de producción y recepción, los referentes y, naturalmente, el texto mismo. Todo ello sobre la base conceptual de la noción de competencia literaria, considerada a su vez desde la perspectiva más amplia de lo que se denomina competencia comunicativa.
Adicionalmente, hemos creído necesario dedicar algunas páginas a la caracterización general del discurso narrativo, a objeto de sistematizar las específicas marcas textuales y contextuales de la narración literaria (capítulo 3). Nos interesa desarrollar en ese ámbito el acercamiento a un modelo discursivo que intenta explicar la narración, no sólo como fenómeno general del lenguaje, sino también a partir de su rango dentro de lo literario. Para esto, partiremos de una consideración general entre género literario y orden discursivo. Abordaremos así mismo las diferencias entre la narrativa natural y la narrativa artificial, para afrontar después, desde una perspectiva psicolingüística, las nociones de “realidad” y “fantasía” en el texto narrativo. Todo esto con el propósito de dejar claros los límites que pueden establecerse para explicar el procesamiento cognoscitivo de la narración y sus efectos miméticos en relación con el funcionamiento del universo.
Luego entraremos en la consideración de la noción de relato literario, a fin de discutir los rasgos textuales y contextuales que lo distinguen. Finalmente, cerraremos el capítulo con la esquematización del modelo comunicativo del texto narrativo, en función de su especificidad como orden del discurso y de los elementos de que suele componerse: narrador, personajes, acontecimientos, contexto, referentes y narratario.
Dedicaremos el capítulo 4 a una revisión actualizada de lo que significa el cuento literario como categoría narrativa y, más específicamente, como paradigma fundamental dentro del orden narrativo.
A modo de cierre del volumen, y para ratificar la orientación pedagógica con que se enfoca el conjunto, el capítulo V ofrece una muestra de aplicación de todo este caudal teórico a tres conjuntos específicos de cuentos. Su objetivo fundamental es ofrecer al lector una metodología específica par el análisis de muestras concretas de cuentos.
En cuanto a su objetivo global, las ideas sistematizadas en este compendio buscan ofrecer al lector una posibilidad introductoria al análisis del texto narrativo en particular –y también del texto literario en general- que vaya más allá del inmanentismo estructural del mismo y se adentre en las implicaciones comunicacionales de la literatura como fenómeno sociolingüístico. A partir de un lenguaje que intenta ser lo más explícito posible y evitando hasta donde se ha podido la proliferación de tecnicismos y de referencias bibliográficas, cada capítulo ha sido diseñado para funcionar también de manera independiente. Se intenta, a fin de cuentas, recuperar de manera más o menos sencilla y práctica algunos aportes de la lingüística para la investigación literaria, pero sin llegar a los extremos de ciertas metodologías en las que la retórica especializada y los formulismos parecen mucho más importantes que los lectores a quienes están dirigidos.
Si ese propósito general se hace realidad entre los profesores e investigadores de la literatura y los estudiantes de letras o carreras afines, habremos dado un paso más en la desmitificación de esa perversa orientación que casi ha llegado a divorciar disciplinas inseparables como la lingüística y la investigación literaria.
Luis Barrera Linares y Lucía Fraca de Barrera (2004). Psicolingüística y Desarrollo del Español I. 4ª edición [revisada, actualizada y ampliada]. Caracas: Monte Ávila.
Luis Barrera Linares (2000). Análisis crítico del Discurso. Caracas: Universidad Católica “Andrés Bello”.
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Luis Barrera LinaresyLucía Fraca de Barrera(1997).Psicolingüísticay desarrollo del español. Caracas:EditorialMonteÁvila.
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LuisQuirogaTorrealbay LuisBarreraLinares(1992).Losestudios lingüísticosenVenezuelayotrostemas..Caracas:Fondo Editorial del IPASME.
Luis Barrera Linares y Lucía Fraca de Barrera(1988).Psicolingüística y adquisición del español.Caracas: Editorial Retina.
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La negación del rostro. Apuntes para una egoteca de la literatura masculina venezolana. Caracas: Monte Ávila Editores, 2005.
Discurso y Literatura 1ª edic.Caracas: La Casa de Bello, 1994. 2ª edic.Caracas: Universidad Central de Venezuela, 2000. 3ª edic. Caracas: Los Libros de El Nacional, 2003.
Desacralización y parodia. Introducción al cuento venezolano del siglo XX. Caracas: Monte Ávila Editores, 1997.
El traje narrativo de Trejo Caracas: La Casa de Bello, 1995.
Nación y Literatura. Itinerario de la palabra escrita en Venezuela. Carlos Pacheco, Luis Barrera Linares y Beatriz González S. (comps.) Caracas: Fundación Bigott-Equinoccio-Banesco, 2006.
Del cuento y sus alrededores. Aproximaciones a una teoría del cuento. Carlos Pacheco y Luis Barrera Linares (comps.) Caracas: Monte Ávila Editores 1ª edición, 1993 2ª edición, 1997
Recuento. Antología del relato breve venezolano. 1960-1990 Luis Barrera Linares (coordinador equipo USB) Caracas: Fundarte, 1994
Memoria y cuento. Treinta años de narrativa venezolana. 1960-1990. Luis Barrera Linares Caracas: Contexto Audiovisual 3- Pomaire, 1992
Estudios lingüísticos y filológicos en homenaje a María Teresa Rojas. Compiladores: Iraset Páez Urdaneta, Fernando Fernández y Luis Barrera Linares Caracas: Universidad Simón Bolívar, 1989.
La negación del rostro. Apuntes para una egoteca de la narrativa masculina venezolana
Luis Barrera Linares Caracas: Monte Ávila, 2005, 302pp. ISBN: 980-01-1330-4
pp. 3-16. INTRODUCCIÓN
Narrativa masculina venezolana Entre optimistas centrífugos y pesimistas concéntricos
Desde hace varios años me he dedicado a ubicar expresiones relacionadas con lo que los escritores venezolanos piensan de su propia literatura. Mi conclusión inicial sobre este aspecto es que, como lo diría el expresidente Carlos Andrés Pérez, somos “autosuicidas” por naturaleza, incluso cuando nos disfrazamos de optimistas. A propósito de ese curioso síndrome, he venido entonces recopilando desde hace tiempo opiniones relacionadas con lo que los críticos, escritores y académicos venezolanos piensan de su propia literatura. He intentado caracterizar principalmente la narrativa nacional a través d elo que ha sido ese proceso, con la intención de demostrar que los juicios globales pueden reducirse a la diacronía de un longevo lamento náufrago según el cual no somos ni seremos una cultura literaria importante, sino a ratos y por parcelas. Ha sido constante que por lo general la balanza se incline hacia el pesimismo, principalmente cuando se trata de la confrontación con culturas o literaturas de otros espacios. Un pesimismo explicable, al que ahora deseo oponer ciertas actitudes optimistas que parecieran despertar de vez en vez, pero que no hacen más que ratificar la condición estática de esta situación. Para explicarme me permito introducir los términos "centrífugo" y "concéntrico", que ya alguna vez apliqué a la literatura venezolana y que me ayudarán a exponer lo que deseo desarrollar en esta sección inicial. De acuerdo con el diccionario, “centrifugar” se refiere a aprovechar la fuerza centrífuga para separar los componentes de algo, en tanto “centrífugo” es aquello que tiende a alejar las cosas del centro de ese algo. Por otra parte, se dice que algo es concéntrico cuando todo lo que está a su alrededor coincide en un solo y único centro. A fin de aplicarlo al tópico que aquí me interesa, podría intentar un ocioso ejercicio de combinaciones y alegar que, en cuanto a opiniones, la historia de nuestra narrativa se ha caracterizado por la existencia de cuatro categorías fundamentales: 1. Los optimistas centrífugos: aquellos que suponen que todo lo salvable de nuestra narrativa se deriva de ellos o de alguien a quien ellos promocionan. Digamos por ejemplo, las corrientes liderizadas por Jesús Semprum, Rómulo Gallegos y Guillermo Meneses. 2. Los optimistas concéntricos: aquellos que, previo desprecio de todo lo existente, se creen el centro único de lo que puede salvarse de la narrativa nacional, a cuya cabeza podemos ubicar a Arturo Uslar Pietri y José Ignacio Cabrujas. 3. Los pesimistas centrífugos serían quienes piensan o pensaron que lo que podría habernos salvado de la debacle que somos se ha fugado hacia otros lares o que nuestro verdadero progreso dependerá del acercamiento a otras literaturas. Aquí es inevitable evocar los nombres de Luis Correa, Pedro Emilio Coll y Manuel Díaz Rodríguez. 4. Como pesimistas concéntricos se pueden calificar los que creen que no hay escritor local que constituya todavía un verdadero centro pero que alguna vez aparecerá, insinuando que serán ellos mismos una vez que la ceguera y la envidia permitan re-consagrarlos. En este renglón podrían competir Felipe Tejera, Julio Calcaño, Adriano González León, José Balza y María Fernanda Palacios, entre otros. Para nada queda descartado que la actitud de alguien pueda cambiar en el tiempo, de acuerdo con su rol de protagonista o marginado, lo que vendría a constituir una categoría híbrida de optimista-pesimista zigzagueante. Sin decir nada de optimistas y pesimistas que se fusionan con otras variables como los galofílificos congénitos (que creen en la necesaria pasantía por París) o regionalistas empedernidos (que desprecian toda literatura que se salga de lo local). También de modo introductorio quiero dejar claro lo siguiente. Buena o mala, leída o no, furibunda o pacífica, la literatura sólo sirve (y muy ocasionalmente) para subvertir a la propia literatura. Esperar otra cosa de ella superaría sus propósitos primigenios y desviaría la función que ocupa en el mundo. Por supuesto que esta idea no pretende ser original, pero debo precisarla desde ahora por cuanto la polisemia de la palabra “subversión” parece reducida en el caso de la Venezuela de estos días al solo horizonte político, dentro del que supuestamente estamos viviendo ( o estuvimos a punto de vivir) una “revolución” o la aniquilación de unos patrones consolidados. De manera que también hay quienes han creído que su literatura es altamente innovadora por el solo hecho de que sus posturas ideológicas de esta oportunidad los identifiquen con alguna supuesta “revolución” política. Sirvan las referidas clasificación y aclaratoria como base de las ideas con que quiero introducir este nuevo paseo por la novela y el cuento venezolanos.
La valoración Comienzo recordando una anécdota de mis tiempos de estudiante, en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela: un compañero, aspirante a escritor, me comentaba estar escribiendo un cuento con el que pretendía “liquidar” el mito latinoamericano del realismo mágico. Lo recuerdo porque me llamó la atención la contundencia con que lo decía. Sin embargo, su seguridad de ese momento, con el tiempo se volvió realmente puro cuento mágico y nada realista, de manera que jamás llegué a leer el anunciado relato. En segundo lugar, me gustaría recordar otra vez la fama de inutilidad, mal ganada pero absolutamente cierta, que en general tenemos para el común de los mortales, quienes nos desempeñamos en el ambiente de la literatura latinoamericana. Séase optimista ciego o pesimista fanático, más de uno de nosotros habrá vivido el desengaño y la penitencia de tener que explicar a otros la razón que para el funcionamiento del universo tiene la literatura. Ni siquiera voy a referirme al concepto global que en nuestros países se tiene de la cultura y, dentro de ella, de la literatura. Cada vez que discute conmigo al respecto mi satírica tía Eloína no hace más que recordarme un famoso grafito que ha estado por mucho tiempo escrito en una de las paredes cercanas al caraqueño Teatro Teresa Carreño, y que resume el asunto en una sola mínima, definitiva y breve oración: “La cultura mariquea”. Es obvio que en ambos casos hubo en sus autores (el del cuento y el del grafito) un interés premeditado para subvertir optimistamente un supuesto orden instaurado por ciertas corrientes críticas contemporáneas. En el primer caso, la percepción de mi compañero de estudios era que había necesidad de acabar con ese mito según el cual el realismo mágico es lo que hace de la latinoamericana una literatura diferente en el ámbito hispano. El segundo ejemplo habla de la percepción que de la literatura y de la cultura se tiene en otros espacios distintos de los circulitos académicos y culturosos en que nos movemos los hombres de letras. Un concepto según el cual todo lo que se relaciona con la cultura mantiene un recurrente aroma a inutilidad. Naturalmente que no es ése mi parecer, pero sí el de muchos otros. Lo dejo de ese tamaño y vuelvo al primer ejemplo. No creo que no haya habido aspirante a escritor que, habiendo pasado de alguna manera por aulas o por otros predios propios de la literatura, no haya tenido la ilusión adolescente de volverse autor de una obra que cambie el curso de la historia literaria a partir del surgimiento de su propia producción estética. Es casi natural que cualquier escritor que se inicia en el medio académico, donde se estudia formalmente la literatura, su proceso y su diacronía, viva la fantasía juvenil de hacer una revolución literaria. Y es natural además que se convierta para ello en un “optimista centrífugo”. Pero, cuidado, esto se justificaría solamente en un escritor novel, pues no parece adecuado que un cincuentón o sesentón, rodeado de sus acólitos anónimos y conocidos, se asuma, por ejemplo, como “pesimista concéntrico” y continúe sintiendo que no ha sido tomado en cuenta o que siempre mereció el premio tal que le ha sido negado a su revolucionaria obra por injusticias. Porque, luego de haber hecho un recorrido por el curioso síndrome del “pesimismo centrífugo” que marca a la narrativa venezolana desde la firma del acta de independencia hasta el final del siglo XX (y cuyo resultado expongo más adelante), también creo que ni el optimismo ni el pesimismo sobre la literatura se puedan planificar a través de manifiestos o proclamas en los que se pretenda que antes de nosotros nada, con nosotros todo, después de nosotros el vacío. No basta para cambiar una literatura la pura intención o el antojo momentáneo del escritor; son los hechos estéticos y su repercusión en el futuro los que pueden lograr algún mínimo cambio. No importa si optimista o pesimistamente, la literatura subvierte, o al menos amenaza con hacerlo, sólo cuando logra resquebrajar la solidez de una tradición escrita, independientemente de que el autor esté consciente de esto, que por cierto, casi nunca lo está cuando se trata de una obra verdaderamente subversiva. Es posible que para el momento del contexto de recepción de una obra se aprecien indicios de lo que podría llegar a ser un texto insertado dentro de un diasistema literario. Indicios que casi siempre son más bien negativos, como por ejemplo, el rechazo inmediato, la negación de sus valores, la indiferencia. Y, repito, casi siempre esto va mucho más allá de las intenciones del propio escritor. De manera que no queda más remedio que sonreír cuando se escucha a algún plumario venezolano afirmar que aspira ser un clásico, aunque sea de los aburridos. Por mucho optimismo centrífugo que nos invada, no somos los escritores quienes decidimos si seremos o no clásicos. Ese es un privilegio que les concierne única y exclusivamente a los lectores. De allí que también resulten tragicómicas las fugaces declaraciones periodísticas de algunos escritores que aspiran conmover al mundo literario y cultural sólo con ocasionales expresiones rimbombantes y tremendistas. Se cae en el error de pensar que, independientemente de la escritura, por encima de una obra original y contundente, se puede cambiar el estatus literario hiperdesarrollando con énfasis el síndrome del sepulturero. O sea, matando de boca a toda una tradición, asesinando oralmente, o a través de la ocasional entrevista de prensa, a quien se atraviese (sean individualidades o instituciones). En realidad, las declaraciones individuales principistas y los manifiestos aparentemente grupales o individuales no son más que deseos para crear un ambiente de supuesta subversión, pero no son la subversión misma. Y tampoco significa esto que, una vez reconocida o vislumbrada, la subversión acarree multiplicación infinita, automática y reproductiva, de los lectores. Por ejemplo, por mucha actitud personal optimista centrífuga que hayan asumido en sus declaraciones públicas, o por mucha innovación formal que haya habido en algunos de sus libros, no parece que Guillermo Meneses u Oswaldo Trejo hayan logrado ser re-conocidos más allá del mundillo venezolano de las letras. Y mucho más, el hecho de que se nombre insistentemente a algún escritor en nuestro reducido ambiente literario local no significa para nada que haya sido realmente leído por quienes habitan ese universo. Sin temor de que se me ubique entre los optimistas o pesimistas zigzagueantes, sospecho que si la supuesta revolución que generaron algunos de nuestros más conocidos narradores no ha sido capaz de conmover o convencer a nadie (o a muy pocos) fuera de su propio universo, entonces es obvio que se ha tratado de una innovación inútil, por cuanto su impacto no ha pasado del propio espacio en que ha ocurrido la propuesta. Y no bastaría conformarse con eso. Con esto simplemente quiero destacar que, al menos en Latinoamérica en general, y en Venezuela, en particular, las innovaciones literarias contemporáneas (mucho más que las referidas a otras artes como la plástica, la escultura, la música) son casi revoluciones imaginarias en las que, ocurra lo que ocurra (al menos en este tiempo), no pasa absolutamente nada, por cuanto su efecto comunitario, eso que los sociólogos llaman el “impacto social”, es tan pequeño que ni se siente. A veces es preciso diferenciar el silencio productivo y consecuente de la ocasional alharaca. Ya sabemos de sobra que el continente latinoamericano es abundoso en codornices optimistas concéntricas que ponen huevitos cacareados como si fueran de avestruz y creen que con ello es suficiente para subvertir y cambiar el rumbo de la literatura. Creer que podemos hacer una revolución y transgredir un orden establecido desde unas escandalosas y altisonantes declaraciones o un oportunista manifiesto, argumentando que éste o aquel escritor es el más importante desde Homero para acá y que hemos cometido el error de no darnos cuenta, se reduce a unas muy loables ganas de hacer retórica autocomplaciente para alimentar el alma de unos cuantos egoletrados amigos nuestros, pero nada más. Y creo que ése ha sido uno de los peores males de la narrativa nacional, independientemente de su calidad, que es otro tema y requiere otros enfoques. A juzgar por las formas de su narrativa, creo por ejemplo que fue Oswaldo Trejo quien mayores esfuerzos hizo por subvertir y pervertir el orden, según él repetitivo y aburrido, de la narrativa venezolana. Pero no me sorprendo ni me alarmo ante la muy escasa recepción que ha tenido su obra, incluso en el reducido mundo de las letras. Alguna vez comenté además que, por mucho desafecto que se tenga por la televisión, por la Internet, o por los medios audiviosuales en general, tampoco son estos los culpables de que un supuesto escritor “famoso” tenga que pasar como anónimo ciudadano cuando acude a espacios de asistencia masiva de personas. Ya casi estoy por creer que llegará un momento en que la literatura, como la hemos entendido, no será capaz de subvertirse ni siquiera a sí misma. Cada vez lucen más cerrados los circulillitos en los que se mueve. Al escritor venezolano le apasiona la “fama” entre las élites, pero parece reacio a la “popularidad”. Por eso le teme al bestsellerismo y lo crtitica con saña. Quizás implícitamente, asume la literatura con una inexplicable noción de élite, de grupito exclusivo, de rosca cerrada e impermeable. Como diría algún político nuestro, “le falta burdel”, calle, contacto. Forma escándalos, no con el propósito de ser leído, sólo le gusta ser reconocido por ciertos sectores sociales (el académico, por ejemplo, aunque de la boca hacia fuera también suele despreciarlo). Forma alharacas de vez en cuando para que la gente sepa de su existencia, independientemente del efecto renovador con que el tiempo pueda reconocer su obra o del número de lectores a quienes ha sido capaz de conmover. Quiero expresar de la manera más utilitaria y directa que, más allá de uno que otro afortunado que logra beneficios a partir de sus libros sin ser expulsado del reino de los exquisitos, las supuestas rebeliones formales de la literatura no pasan de ser mentiras piadosas, útiles para seguir creyendo ficticiamente que estamos cambiando el mundo sin modificar nada. Situación que en ocasiones es alimentada por un pequeño séquito de escuderillos que –a fin de que nosotros después hablemos de lo maravillosos que son- nos adulan y nos convierten en optimistas concéntricos o pesimistas centrífugos, según la ocasión o la escena en la que actuemos. A veces nos hacen creer que somos la propia tapa del frasco y que sin nosotros la historia literaria nacional no tendría sentido. Pero lo grave no es eso sino que terminemos creyendo que es cierto y que, independientemente de que tengamos o no lectores, la literatura venezolana comienza con nosotros y nuestro grupusculito ocasional, se estanca en nosotros y en nuestro grupusculito ocasional y desaparece después de nosotros para, igual que dentro de la política, permitir apenas la supervivencia del mínimo pero escandaloso séquito que nos aúpa y envenena recurrentemente nuestra egoteca particular. Como veremos, nuestra identidad como comunidad literaria gira en torno de dos puertas plegables que acomodamos según la circunstancia: Puertas adentro, en el propio terreno de nuestra convivencia, somos egoindividualidades cercanas a la declaración oportunista de vez en vez, sobre todo para que las escuchen quienes, a nuestro juicio, se sienten las “estrellas más brillantes”, pero, vaya contraste, con muy poca disposición a recibir críticas y, adicionalmente, escasos programas coherentes de producción y autoevaluación. Aparte de la agilidad con que solemos adular al tótem que en algo nos puede retribuir la adulancia y el simplismo con que solemos reaccionar furibundamente ante las posiciones adversas. Puertas afuera, damos la impresión de alimentar para el resto del mundo la creencia de que muy poco significamos colectivamente como literatura. Casi siempre con la insinuación subyacente de que nuestra individualidad se sale de ese parámetro, achacando la ignorancia continental acerca de nuestra existencia a la deficiente crítica que tenemos y a la poca preocupación de los gobiernos por promocionar nuestra obra. Moraleja: cada escritor venezolano, y aquí me refiero principalmente a los autores y no a las autoras, a juzgar por lo que dicta su propia y muy particular egoteca, pareciera mostrarse como la estrella única y solitaria que más brilla en un firmamento que considera de nulidades. Creo así que nuestros optimistas y pesimistas son una misma y única cosa que se ajusta a los requerimientos del medio. Han sido pesimistas concéntricos cuando necesitaron notoriedad, pero se enmascaran de optimistas centrífugos una vez que, a su criterio o el de sus “seguidores”, se han consagrado y saben que sus opiniones pueden ayudar a mantenerlos vivos ante tanta negación generalizada y ausencia de lectores. Con su permanente presencia en la prensa, con su acercamiento “inocente y desinteresado” a los espacios de poder o con supuestas declaraciones extremistas en las que arremeten contra todo, algunos de nuestros creadores buscan crear una atmósfera de optimismo que a todas luces es falsa pero que necesitan para seguir creyendo que son únicos e insustituibles en el ambiente de la literatura venezolana. Digamos, por ejemplo, que en general, para casi todo, hay un valor cuasigenético entre nosotros que ha sido constante en toda nuestra vida republicana: el valor de la nulidad. Más delante, en otra sección (“narrativa sin rostro...”), lo ejemplifico específicamente con la narrativa. Por ahora, lo voy a generalizar: Desde el ingreso al medio escolar se nos ha enseñado para que cada vez nos convenzamos más de nuestros defectos. Enumero para ser más explicito: en todos los medios (político, social, racial, económico, artístico, profesional, escolar, mediático...), se nos instiga permanentemente a convencernos de que somos muy poco como personas, como sector, como comunidad, como país, y que son escasas las posibilidades de poder pasar de malo a mejorcito. De acuerdo con esas creencias que escuchamos a cada rato, somos torpes en el manejo del idioma, nos comportamos como pésimos conductores, no conocemos las reglas de etiqueta, tenemos una malísima literatura nacional, todos somos corruptos, borrachos, parranderos y jugadores como Juan Charrasqueado, malos cónyuges, amantes detestables y peores ciudadanos; no cumplimos con las tareas ni respetamos normas y somos abrumadoramente impuntuales, tanto que cuando algún obsesivo del tiempo (que también los tenemos) nos cita, de una vez nos aclara “hora inglesa, no hora venezolana, por favor”; ni siquiera sabemos elegir a nuestros gobernantes porque en cuarenta y cuatro años de democracia no hemos pegado una; tan “chimba” es nuestra conducta que, cuando acertamos en algo, se considera que es una casualidad, un azar que nos permitió equivocarnos y dar en el blanco. Casi parecemos convencidos de que sólo somos buenos en actividades que socialmente solemos considerar burdas o banales, ajenas al cultivo del intelecto: por ejemplo, boxeadores, peloteros, telenovelas y misses. Y esa creencia subyacente anda tan arraigada entre los valores del sistema educativo que desde el pre-escolar hasta la universidad se nos hace creer que somos lo peor entre lo malo. Todavía no hemos olvidado el período de gobierno en que algún ministro del Presidente Luis Herrera Campins (1979-1983) se empeñó en convertirnos en patriotas empedernidos, obligándonos a escuchar cuatro o cinco veces al día el Himno Nacional. Ni tampoco aquellos días en que para mejorar nuestra supuesta descontrolada conducta “mayamera”, otro funcionario del segundo lapso de gobierno de Carlos Andrés Pérez (1989-1992), inventó una campaña televisiva para enseñarnos el hábito del ahorro preparando bebidas con concha de plátano y horribles sopas de deshechos vegetales. Ni qué decir de los días en que en el “segundo turno” presidencial de Rafael Caldera (1993-1998) se llegó a la conclusión de que lo nuestro era un problema de baja autoestima y se nos abrumó con una campaña para portar la bandera nacional en cualquier lugar donde cupiera una pegatina. Es decir, desde los políticos más encumbrados hasta los intelectuales de mayor peso, no nos han llamado brutos directamente pero nos han mostrado varias veces el cascarón que supuestamente tenemos por cerebro. Igual que en ciertas fechas del año el organismo encargado de la recolección de los impuestos (SENIAT) nos recuerda insistentemente por la tele el modo como seremos aplastados cual cucarachas si no pagamos los tributos para que se nos siga enseñando que nada somos y menos seremos. Y cómo olvidar un célebre cartel colocado alguna vez en varios puntos del Aeropuerto Internacional de Maiquetía, justo en las puertas de acceso a los aviones que salen hacia el exterior: “En este punto, decía, termina su irresponsabilidad”. Sí, lamentablemente, esa ha sido la cantera de valores que hemos recibido sin querer queriendo. Y ahora digo lo otro. Somos tan lo contrario, que aún con toda esa avalancha de negatividad, aquí estamos todavía y aquí seguimos. Pero a decir verdad, en las últimas décadas hemos tenido muy pocos modelos de liderazgo social en quienes fijarnos para ser mejores. Y esto abarca todas las instancias de la vida social venezolana, comenzando por la instancia política y terminando en las artes. A lo mejor este inicio de milenio es propicio para que comencemos a ver los defectos como puntos de partida para mejorar y no para que se nos recalquen como llagas incurables. Quienes administran la educación podrían cambiar muchas cosas. Y pueden tener logros. Pero mientras se siga cultivando la filosofía de lo malo, de que no somos nada; mientras los sistemas de evaluación escolar sigan siendo considerados mecanismos de castigo severo y no recursos pedagógicos para generar cambios positivos, mientras continúe el afán por convencernos de que somos los peores hablantes y escritores del planeta, cualquier logro será opacado. En lo que atañe exclusivamente a la literatura, algunas veces sin darnos cuenta, otras, con absoluta premeditación y marcada alevosía, más allá de leer realmente y evaluar comparativamente lo que hemos producido, tengo la impresión de que nos hemos dedicado a perturbar la paz de egos ajenos, casi siempre con el único propósito de engordar el nuestro. Poco a poco, hemos desandado el camino de la historia en busca de una egolatría perdida que hemos querido levantar negando (puertas adentro) al vecindario entero y aupando (puertas afuera) nuestra condición individual de excepción de la regla. Todo esto ha motivado el propósito de querer contribuir con este trabajo a la conformación de una egohistoria de la narrativa masculina venezolana. La idea es contribuir a conformar, a partir de algunos aspectos y autores, una verdadera egoteca colectiva que nos ayude a pensar comunitariamente y no como supuestas islas refulgentes dentro de un océano sombrío. Y lo de “masculina” viene a tono con el afán contemporáneo de la crítica por distinguir a la literatura según quienes la produzcan: literatura femenina, literatura gay, literatura homosexual, literatura negra, literatura rica, literatura pobre, etcétera. Aparte de que la arremetida femenina de este inicio de milenio casi obliga a sistematizar y cerrar lo que ha sido una tradición masculina cuyo dominio y vigencia han comenzado a volverse un verdadero territorio compartido. No hay duda de que hemos iniciado una nueva etapa y ello obliga a caracterizar lo que ha sido la anterior. Comenzaremos entonces por considerar en la sección que sigue el modo como esto ha incidido para propiciar el carácter multilaboral de buena parte de nuestros escritores, para luego adentrarnos en una variedad de tópicos y autores masculinos, todos relacionados con las ideas fundamentales de este capítulo introductorio. Sólo deseamos atizar más el fuego cruento y severo con que los mismos escritores nacionales hemos contribuido a conformar el cuerpo negativo de nuestra historia literaria con predominio masculino, o por lo menos de la parte de esa historia que corresponde a la narrativa escrita por sujetos hombres machistas varones. La selección de autores, lapsos y procesos, no obedece ni a preferencias premeditadas ni a negaciones subyacentes. Porque si de gustos se tratare, suelen atraerme más algunas sujetas. Sólo ha sido motivada aleatoriamente por circunstancias relacionadas con el trabajo académico y divulgativo. Tampoco aspiro a que quienes sí aparecen asuman que deba convertirme yo en su crítico personal y de ahora en adelante no pueda expresar mi gusto o disgusto por alguna obra que publiquen. Eso sí, debo solicitar finalmente la comprensión del lector, porque a plena conciencia he repetido ciertos detalles y datos en varias de las secciones y la única explicación que puedo darle es que, por una simple y pedante manía de escribir lo más pedagógicamente posible, aspiro como autor que cada parte pueda ser leída de manera independiente, sin necesidad de acudir a la totalidad del volumen.
[Publicada en página web de Monte Ávila Editores (20-11-2006)]
Autor del mes por la publicación de
La negación del rostro. Caracas: Monte Ávila, 2005.
Luis Barrera Linares: “La escritura sirve para estar en el Universo”
El hijo de Amelia Rosa Linares Milla, jefa de cocina de hoteles, clubes y de casas pudientes de Trujillo, y José Ramón Barrera, oficinista y administrador maracucho, se abrió camino en Caracas (cuando llegó proveniente de Maracaibo a los 14 años) a punta de lectura, escritura y mucha investigación.
Con el pasar de los días y las noches, luego de estudiar bachillerato y trabajar simultáneamente, viviendo solo en pensiones y casas de vecindad de la capital venezolana, Luis Barrera Linares logró obtener una licenciatura y, posteriormente, un doctorado en Letras. Hoy su nombre está ligado en buenos términos a la investigación literaria, a la narrativa, a la docencia universitaria y, en definitiva, a la palabra con todos y cada uno de sus alrededores.
Pero ante todo Barrera Linares es autor de un importante conjunto de ensayos críticos, entre ellos, Memoria y cuento. Treinta años de narrativa venezolana 1960–1990; Psicolingüística y desarrollo del español (tomos I y II); y Del cuento y sus alrededores. En el ámbito creativo, escribió Beberes de un ciudadano, libro de cuentos que obtuvo, en 1986, el Premio Conac de Narrativa.
Hoy, con 55 años a cuestas, invierte su tiempo como profesor titular de la Universidad Simón Bolívar (doctorado y maestría) y como Individuo de Número de la Academia Venezolana de la Lengua. Su libro más reciente, La negación del rostro. Apuntes de una egoteca de la narrativa venezolana masculina (Monte Ávila Editores, colección Estudios, 2005), ya tiene varios meses en la calle, dando de qué hablar entre un nutrido grupo de mortales interesados en la literatura: ya sea críticos, autores o lectores.
Ofrecemos a continuación las respuesta de este ensayista venezolano (de aspecto callado, pero sumamente crítico y observador) a un cuestionario que, como de costumbre, intenta revelarle al lector, guión a guión, algunos elementos básicos de la naturaleza de todo escritor que escribe para vivir y, por supuesto, para morir.
Para fraguar venganzas
–¿Qué es la escritura? –Una manera de asumir la vida, un modo de apresar la cotidianidad.
–¿Para qué sirve la escritura? –Para estar en el universo, para ser y padecer. También sirve para construirles tumbas a los demonios y aureolas a los ángeles. Y en el caso de los narradores para fraguar tus venganzas de papel ty inta, convirtiendo a tus adversarios en personajes, o para mentir sin culpa, como decía Denzil Romero.
–¿Hay algo que le falte por escribir? –Sí, creo que bastante, sin saber exactamente cuánto ni qué, porque vivir a expensas del lenguaje te obliga a escribir hasta el último día. A corto plazo he decidido entregar algunos apuntes de vida a mi tía Eloína (mi personaje más querido) para que sea ella quien arme con eso un relato y le dé forma. Y para quienes se han disgustado con La negación del rostro , espero además escribir alguna vez un ensayo crítico en el que pueda decir que los escritores venezolanos nos queremos demasiado para dejarnos ningunear en el ámbito latinoamericano.
–¿Cuál de sus libros es el más querido por usted? –De los que ya existen, y en cuanto a ficción, el más travieso, espontáneo y descarriado ha sido Parto de caballeros .
–De no haber sido escritor y profesor universitario, ¿qué oficio hubiese preferido? –El allanamiento y cierre de la Universidad Central de Venezuela, que le debemos al doctor Rafael Caldera, me sacó de mis aspiraciones de ser reportero de calle y mi mayor fantasía laboral ha sido ser cantante de rancheras montado a caballo, tipo Mauricio Rosales, a quien apodaban “El Rayo”, aunque no sé cantar ni galopar. Pura ficción.
–¿Un país que le gustaría visitar? –Más que un país específico, desde que leía historietas, he querido viajar al Kilimanjaro, no tanto por la región en sí, sino por conocer de verdad a la mamá de Tarzán. La he oído mencionar mucho, pero jamás la he visto en persona.
–¿Cuál es la comida favorita de Luis Barrera Linares? –Espaguetis con mantequilla, queso blanco rayado y salsa de tomate. Consecuencia de mis andanzas a finales de 1960 como portero adolescente de hoteles de mala y de buena muerte en el centro de Caracas. Era la comida más barata, pero me quedó el hábito. Aberraciones de clase, pues.
–¿Cuál es su bebida favorita? –Después de haber probado el carato de concha de yuca fermentada que alguna vez nos mandó recomendar Pastor Heydra por la televisión, cuado era ministro de “desinformación” de CAP y sabiendo que el chirrinche guajiro y el miche claro trujillano te calcinan las papilas, ahora prefiero el “güisqui”, pero escrito así, para que parezca una bebida nacional fabricada en Cabudare y no importada de Escocia.
–¿Cuál obra de la historia de la literatura universal le hubiese gustado escribir? –Para ser coherente debería decir Escena de un spaguetti western de Armando José Sequera, pero no es ésa, es ¡Viva la pasta! de Renato Rodríguez.
–¿Cuál personaje de la historia de la literatura universal le hubiese gustado ser? –Ninguno, todos están muy (des) gastados por la crítica literaria.
–¿A qué hora del día escribe Luis Barrera Linares? –A todas, de todo, para muchos: desde memorandos y cartas formales hasta relatos y artículos de crítica especializada o para la prensa, pasando por la mensajería de correo electrónico y telefonía celular, hasta la lista manuscrita de las diligencias que debo hacer cada día y de las tareas pendientes. Anoto todo porque tengo una memoria detestable. Pero para escribir no requiero ni uniformes especiales, ni condiciones ambientales de esas que se les ocurren a algunos poetas, narradores excéntricos y ensayistas pedantones .
–¿Cuál es el título del último libro que leyó? –Descontando los tantos que debo leer profesionalmente en mi labor de asesor editorial o de jurado de algo, tengo que nombrar dos excelentes novelas breves de la literatura latinoamericana porque las leí en paralelo : Rosario Tijeras del colombiano Jorge Franco y Corrector de estilo del venezolano Milton Quero. A la primera no le falta nada; la segunda es definitivamente la cotidianidad de una de mis ciudades: Maracaibo.
–¿Cuál es el título del último libro que no terminó de leer? –El turno del escriba (Premio Alfaguara 2005), y mira que es difícil que un autor o autora logre que yo no termine su libro.
–¿Cuál es su género musical favorito? –Me debato entre el bolero y las rancheras. Solución conciliatoria: el bolero ranchero.
–¿Cuál es la película que recuerda con más cariño? –Toda la serie de películas de Cantinflas. El manejo de los juegos de lenguaje de ese personaje siempre me llamó la atención.
–¿Cuál es su mayor debilidad? –La lealtad, porque creyendo en ella me he estrellado muchísimas veces.
–¿Cuál es su mayor fortaleza? –El olfato. Como buen “maragocho” (mezcla de maracucho con gocho), huelo a los farsantes, a los tinterillos, a los retóricos, a los adulantes, a los chismosos, a los tramposos, a los tránsfugas, a los oportunistas, a los incapaces vestidos de eficientes, a los petulantes y soberbios, aunque sé que no puedo hacer nada para que no existan y “triunfen”, pero me sirve para cuidarme de ellos y ellas.
–¿Cuál es la mayor imprudencia que ha cometido en su vida? –Creer que hablar sinceramente, claro y directo, implica automáticamente tranquilidad de espíritu y comprensión. Eso sí es un sueño.
–¿Qué le gustaría hacer el día, o la noche, en que la muerte venga a buscarlo? –Vade Retro. Nada, absolutamente nada, porque desde niño he tratado de sacudírmela escribiendo sobre ella y matándola. Lo más que podría hacer es escribir un cuento en el que yo galopo en pleno llano un caballo y ella es un personaje “autosuicida”.
–Si pudiera seleccionar el epitafio de su tumba, ¿qué escribiría? –No tuvo tiempo de montar en su caballo.
En el bar la vida es más sabrosa. Caracas: Instituto Pedagógico, 1980, 72p. [Contenido: Prólogo de José Adames. Cuentos: Galopando tus dedos; nadie será mi nombre alguna vez; Detrás de Kay-CSen; Una nube más sobre la laguna; Echando las cartas; Escape; La verdadera historia de Benito Newman; Sin ataúd; En el bar la vida es más sabrosa; Sólo tendrás que leer mi carta otra vez; Tal vez; Relato para un día de playa]
Beberes de un ciudadano. Caracas: Caribana, 1985, 73 p. [Premio ex aequo Bienal Alfredo Armas Alfonzo,1982; con Orlando Chirinos; Premio CONAC de Narrativa, 1986] [Contenido: Introducción del autor: Aclaro cómo es mi beber. Cuentos: Ni siquiera besos brujos; Nunca lloverá; después del parque; ...Desde que se fue; Yésica; Clarisa; Alicia; ...De tu desventura; Negrita; Edwin; ...Después que tú te fuiste; Para después]
Cuentos de humor, de locura y de suerte. Caracas: FUNDARTE, 1993, 81p. [Finalista Premio FUNDARTE de Narrativa, 1989] [Contenido: Suspenso amistoso; Nomen, nominis; El soldadito de plomo; Traición de navidad; Secuestro; Promesa; Fatum; Mar gris; Arbmos; Atrapado; Portarretratos; Asedio en Wivenhoe; Entre dos aguas; Traslación; ...Ni con dos pelucas; La historia te absorberá]
Cuentos enred@dos. Caracas: La duda melódica, 2003. 156p. [Contenido: Introducción del autor. “Pórtico del desahogo: Entre escritura pedagógica y literatura pelagógica”. Cuentos: Sobre la pista; Sin conexión en el techo; De Antología; Textamento para detectives; Futuro imposible; Violencia en la base de operaciones; Émer, la voz de la orquesta; El bar es como un potro; La duda melódica; El violinista en el tinglado; Memorioso egoletrado; Nomen, nominis; Promesa; Suspenso amistoso; Para después; Entre dos aguas; Después del parque; En el bar la vida es más sabrosa.]
Cuentos en-red-@-dos / Sobre héroes y tombos. Reedición conjunta de dos libros anteriores, ampliada y revisada. Caracas: El perro y la rana, 2007. 284p. [Contenido: Introducción del autor:Introducción del autor. “Pórtico del desahogo: Entre escritura pedagógica y literatura pelagógica”. Cuentos: Becarios en familia o la flema británica; Resumen curricular; Las clotildes; Sobre la pista; Sin conexión en el techo; De Antología; Textamento para detectives; Futuro imposible; Violencia en la base de operaciones; Émer, la voz de la orquesta; El bar es como un potro; La duda melódica; El violinista en el tinglado; Memorioso egoletrado; Nomen, nominis; Promesa; Suspenso amistoso; Para después; Entre dos aguas; Después del parque; En el bar la vida es más sabrosa // Novela: Sobre Héroes y Tombos].
Novelas
Para Escribir Desde Alicia. Caracas: FUNDARTE, 1989. 120p. [Premio Municipal de Literatura, Maracay, 1987; Premio FUNDARTE de Narrativa, 1989]
Parto de Caballeros. Caracas: Monte Ávila, 1991. 152p. [Finalista Premio Planeta, Caracas, 1991] 2ª edición modificada. Caracas: Comala, 2002, 172p.]
Sobre Héroes y Tombos. Caracas: Equinoccio (USB), 1999. 113 p.
Sin Partida de Yacimiento. Caracas: BID & CO editor, 2009. 173p.
Cuentos en antología o selecciones
“Entre dos aguas” (En: Memoria y cuento. Treinta años de narrativa venezolana. Caracas: Contexto Audiovisual 3 / Pomaire, 1992, pp. 75-81].
“Entre dos aguas” (En: Recuento. Antología del relato breve venezolano. 1960-1990. Caracas: FUNDARTE, 1994, pp. 300-304).
“Después del parque” ( En: El cuento venezolano. Antología. 2ª edición. José Balza. Caracas: Universidad Central de Venezuela, 1990, pp. 507-512)
“Alicia” (En: Antología del cuento venezolano. María Pilar Puig. Caracas: Panapo, 1994, pp. 226-228).
“Entre dos aguas” ( En: Studi di Letteratura Hispano-Americana, 26. Literatura Venezolana de Hoy. Coordinadores Lydia Aponte de Zacklin y José Balza. Roma: Bulzoni Editore, 1995, pp. 111-114).
“Violencia en la base de operaciones” ( En: NOUVELLES CUENTOS SHORT STORIES. Vincent Engel y otros, coords. Universidad de Laval, Canadá. documento en línea: http://www.fl.ulaval.ca/cuentos/iateB.htm).
“Sin conexión en el techo”. ( En: NOUVELLES CUENTOS SHORT STORIES. Coloquio Cuentos 2001. Documento en línea. Canadá. http://www.fl.ulaval.ca/cuentos/colloque/index/index.htm).
“Yésica”; “Nomen nominis” (En: El cuento breve en Venezuela. Antología 1970-2004. Manuel Viso Rodríguez. Caracas: Editorial Actum, 2005, pp. 40-44.
Prólogos
“Pórtico disparejo para un retrato”. Informe para un retrato de pareja. Novela. (novela de José Adames). Caracas: Tropykos, 2000, pp. 7-14.
“Denzil y sus romerías”. Diario de Montpellier (Denzil Romero). Caracas: FEDUPEL, 2002, pp. 5-18.
"Discurso de desorden". Cuentos desordenados (Luis Álvarez). Caracas: FEDUPEL, 2002, pp. 7-14.
“Entre hombres y animales alien (d)ados”. El cocodrilo rojo / Mascarada (Eduardo Liendo). Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana (Biblioteca Básica de Autores Venezolanos, 10), 2004, pp. IX-XXII.
“Garmendia: capitán en puerto literario seguro”. El capitán Kid (Salvador Garmendia). Caracas: Los Libros de El Nacional, 2005, pp. 3-8.
“Memorando para un memorable memorioso”. Entre gigantes de piedra (Luis Loreto). Caracas: Equinoccio (USB), 2005, pp. 3-9.
"Los cuentos de un novelista o el hipertexto de Liendo". Contraespejismo (Eduardo Liendo). Caracas: Alfaguara, 2007.
Antologías y compilaciones
Luis Barrera Linares (1992). Memoria y cuento. Treinta años de Narrativa Venezolana (1960 - 1990). Caracas: Contexto Audiovisual 3. Caracas.
Luis Barrera Linares (Coord.,1994). Recuento. Antología del relato breve venezolano. Caracas: Fundarte.
Iraset Páez Urdaneta, Fernando Fernández y Luis Barrera Linares (compiladores, 1989). Estudios Lingüísticos y Filológicos en homenaje a María Teresa Rojas. Caracas: Universidad Simón Bolívar.
Carlos Pacheco y Luis Barrera Linares (comps., 1993). Del cuento y sus alrededores. Aproximación a una teoría del cuento. Caracas: Monte Ávila Editores. [2ª edición de Monte Ávila, revisada, actualizada y ampliada, 1997].
Carlos Pacheco, Luis Barrera Linares y Beatriz González S. (Coords., 2006). Nación y literatura. Itinerarios de la palabra escrita en la cultura venezolana. Caracas: Fundación Bigott-Equinoccio-Banesco.
Libros de teoría y crítica literarias
Luis Barrera Linares (1994). El traje narrativo de Trejo. Caracas: La Casa de Bello. [Premio Municipal de Investigación Literaria, Distrito Federal, 1994]
Luis Barrera Linares (1995). Discurso y Literatura. Caracas: La Casa de Bello. [2ª. Edic. Revisada y ampliada. Caracas: Comisión de Estudios de Postgrado, Universidad Central de Venezuela, 2000] [3ª. Edic. Revisada y ampliada. Caracas: Los libros de El Nacional, 2003]
Luis Barrera Linares (1997). Desacralización y parodia. Aproximación al cuento venezolano del siglo XX. Caracas: Monte Ávila - USB.
Luis Barrera Linares (2005). La negación del rostro. Apuntes para una egoteca de la narrativa masculina venezolana. Caracas: Monte Ávila / DID-USB.
Libros de lingüística (autoría y coautoría)
Minelia de Ledezma, José Adames, Lucía Fraca de Barrera y Luis Barrera Linares (1976). Cuestionario para delimitar las áreas dialectales de Venezuela. Centro de Investigaciones Lingüísticas y Literarias “Andrés Bello” (CILLAB). Caracas: Instituto Pedagógico.
Luis Barrera Linares (1986). Psicolingüística y Complejidad Derivacional. Centro de Investigaciones Lingüísticas y Literariras “Andrés Bello” (CILLAB). Caracas: Instituto Pedagógico.
Luis Barrera Linares y Lucía Fraca de Barrera (1988). Psicolingüística y adquisición del español. Caracas: Editorial Retina.
Aníbal Puente, Lisette Pogioli, Armando Navarro, Luis Barrera Linares y Lucía Fraca de Barrera (1989). Psicología Cognoscitiva. Caracas-México: Mc. Graw Hill
Aníbal Puente (Coord.), Luis Barrera Linares y otros (1991). Comprensión de la lectura y acción docente. Madrid: Fundación Sánchez Ruipérez. (pp. 184 - 205).
Luis Barrera Linares y Lucía Fraca de Barrera (1991). Psicolingüística y desarrollo del español. Caracas: Editorial Monte Ávila. [1 edición de Monte Ávila, revisada y actualizada], 214 p.
Luis Quiroga Torrealba y Luis Barrera Linares (1992). Los estudios lingüísticos en Venezuela y otros temas. Caracas: Fondo Editorial del IPASME, 108 p.
Luis Barrera Linares y Lucía Fraca de Barrera (1997). Psicolingüística y desarrollo del español. [2ª. edición de Monte Ávila, revisada y actualizada]. Caracas: Editorial Monte Ávila.
Luis Barrera Linares y Lucía Fraca de Barrera (1999). Psicolingüística y desarrollo del español II. [Volumen II]. Caracas: Monte Ávila.
Luis Barrera Linares (2000). Análisis crítico del Discurso. Caracas: Universidad Católica “Andrés Bello”.
Luis Barrera Linares y Lucía Fraca de Barrera (2004). Psicolingüística y Desarrollo del Español I. 4ª edición [revisada, actualizada y ampliada]. Caracas: Monte Ávila.
Luis Barrera Linares (2005). La lengua y la literatura en-red-@-das: nuevos temores hacia antiguas estrategias comunicativas. Discurso de incorporación como Individuo de Número de la Academia Venezolana de la Lengua. Caracas: AVL.
1969, Liceo Andrés Bello, Caracas. LBL en la cúspide de la pirámide, con Álvaro Mora (izq.), Freddy Rodríguez (der.),
Vladimir Thielen (centro), Francisco Pérez (Izq.), Humberto Alfonzo Romero (der.)
Luis Barrera Linares
1951. N. enMaracaibo, estado Zulia, Venezuela, 3 de junio.
Hijo de Amelia Linares y José Ramón Barrera
1959-1965. Educación Primaria. Grupo Escolar Must Abas (Trujillo) y Grupo Escolar Alejandro Fuenmayor (Los Puertos de Altagracia, estado Zulia).
1965-1970. Bachillerato. Liceos José Paz González (Los Puertos de Altagracia), Cristóbal Mendoza (Trujillo) y Andrés Bello (Caracas).
1971-1976. Estudios de Castellano y Literatura. Instituto Pedagógico de Caracas. Título: Profesor de Castellano y Literatura.
[Magna Cum Laude, Número 1 de la promoción].
1973-1975: Preparador Centro de Investigaciones Lingüísticas y Literarias Andrés Bello. Proyecto: Las áreas dialectales de Venezuela.
1976-1987. Profesor (Instructor, Asistente, Agregado) del Instituto Pedagógico de Caracas.
1976. Curso Superior de Filología Española. Universidad de Málaga, España.
1976. Curso Superior para Profesores de Lengua y Literatura Españolas.
1976-1978. Estudios de Investigación Lingüística y Literaria. Instituto de Cultura Hispánica. Madrid.
Título: Investigador Lingüístico.
Tesis: Uso de los determinantes en el español de Venezuela.
1978-1981. Estudios de Maestría en Lingüística. Instituto Pedagógico de Caracas.
1979-1981. Estudios de Licenciatura en Letras. Universidad Central de Venezuela.
1980. Publica En el bar la vida es más sabrosa (cuentos)
1982. Premio Bienal Literaria Alfredo Armas Alfonzo.
Libro de cuentos: Beberes de un ciudadano(inédito)
1981-1984. Maestría en Lingüística. Essex University, Colchester, Inglaterra.
Título: Master of Arts in Descriptive and Applied Linguistics (Psycholinguistics).
1985. Premio Nacional de Narrativa. Consejo Nacional de la Cultura.
Libro publicado: Beberes de un ciudadano.
1986. Medalla Alberto Smith.Instituto Pedagógico de Caracas. UPEL.
1986. Publica Psicolingüística y complejidad derivacional (teoría lingüística)
1986-1987. Coordinador de la Maestría en Literatura. Instituto Pedagógico de Caracas.
1986-1999. Profesor invitado de postgrado Universidad Católica Andrés Bello. Maestrías en Psicología Cognitiva y Procesos de Aprendizaje.
1988-1999. Profesor (Asociado, Titular) Universidad Simón Bolívar. Sartenejas, Baruta, Estado Miranda.
1988. Publica primera versión de Psicolingüística y adquisición del español (en coautoría con Lucía Fraca).
1989. Premio Municipal de Narrativa, Casa de la Cultura, Maracay, estado Aragua.
Libro: Para escribir desde Alicia (novela, inédita).
1989. Premio Fundarte de Narrativa. Caracas, Distrito Federal.
Libro: Para escribir desde Alicia (inédita).
Primera mención del mismo Premio:
Libro: Cuentos de humor de locura y de suerte (inédito).
1989. Coordina (con Iraset Páez U. y Fernando Fernández) el X Encuentro Nacional de Docentes e Investigadores de la Lingüística y la edición del libro Estudios Lingüísticos y Filológicos en Homenaje a María Teresa Rojas.
1990. Publica Para escribir desde Alicia (novela)
1990-1991. Coordinador de la Comisión de Ciencias Sociales. Decanato de Investigación y Desarrollo, Universidad Simón Bolívar.
1990-1993. Estudios de Doctorado en Letras. Universidad Simón Bolívar. Caracas.
[Primer egresado del Programa, Mención de Honor]
Tesis: Texto y contextodela comunicación literaria: Elcasovenezolanode Oswaldo Trejo (publicada posteriormente en dos volúmenes. Caracas: 1994, 1995, La Casa de Bello).
1990-1995. Editor de la revista Tierra Nueva (con Fernando Azpúrua Grúber).
1990-2000. Profesor invitado Maestría en Literatura Venezolana, Instituto de Investigaciones Literarias, Universidad Central de Venezuela.
1990-hasta el presente. Investigador acreditado por el Programa Nacional de Promoción del Investigador (PPI). Desde el nivel I hasta el IV (actual).
1991-1992. Coordinador del Taller de Narrativa del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos.
1991. Publica Psicolingüística y desarrollo del español (1a edic., con Lucía Fraca; 2a edic., 1997).
1991. Publica Parto de caballeros (novela; 2a edic., 2002).
1992. Publica Memoria y cuento. Treinta años de Narrativa Venezolana (1960-1990) (Antología) .
1992. Publica Los estudios lingüísticos en Venezuela y otros temas (con Luis Quiroga Torrealba).
1992-2002. Columnista del diario El Nacional. La duda melódica.
1993. Publica Del cuento y sus alrededores. Aproximaciones a una teoría del cuento (con Carlos Pacheco; 2a edic., 1997).
1993. PublicaCuentos de humor de locura y de suerte.
1994. Premio Municipal de Investigación Literaria. Alcaldía de Libertador. Caracas, Distrito Federal.
Libro: El traje narrativo de Trejo (inédito).
1994. Publica El traje narrativo de Trejo (crítica literaria).
1994. Publica Recuento. Antología del relato breve venezolano (1960-1990).
1994. Pasantía de Investigación. Universidades de Ottawa y Carleton, Canada.
1995. Publica Discurso y Literatura (teoría literaria, 2a edic., 2000; 3a edic., 2003).
1995-1997. Delegado Regional electo de la Asociación Latinoamericana de Análisis del Discurso (ALED, miembro fundador).
1996. Coordinador del I Coloquio Nacional de Análisis del Discurso (con Lourdes Sifontes Greco y Giovanna Pulizzi).
1996. Profesor invitado Cátedra José Antonio Ramos Sucre. Universidad de Salamanca, España.
1997. Publica Desacralización y parodia. Aproximación al cuento venezolano del siglo XX.
1999. Publica Psicolingüística y desarrollo del español II (con Lucía Fraca).
1999. Publica Sobre héroes y tombos (novela).
1999-2000. Miembro del Consejo Directivo y luego Director General Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos. Caracas.
2000. Publica Análisis crítico del discurso. Crítica literaria, avisos necrológicos y perfiles psicológicos.
2001-2003. Delegado Regional electo de la Asociación Latinoamericana de Análisis del Discurso (ALED).
2001-2003. Editor de la Revista Latinoamericana de Estudios del Discurso (con Adriana Bolívar)
2001-2004. Gerente de Ediciones Fondo de Publicaciones de la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (FEDUPEL).
2002. Presidente comité organizador del XXVIII Simposio de Docentes e Investigadores de la Literatura Venezolana.
2003-2005. Profesor invitado de postgrado Universidad pedagógica Experimental Libertador. Doctorado en Educación.
2003. Coordinador del IV Coloquio Nacional de Análsis del Discurso (con Adriana Bolívar).
2003. Publica Cuentos en-red-ados (selección).
2003. Jefe del Departamento de Lengua y Literatura. Universidad Simón Bolívar. Sartenejas, Baruta, Estado Miranda.
2003. Distinción Huésped ilustre de la ciudad de Valera. Alcaldía del Municipio Valera, Estado Trujillo, noviembre de 2003.
2005. Electo Individuo de Número de la Academia Venezolana de la Lengua, Sillón Letra D. Discurso: La lengua y la literatura en-red-adas. Nuevos temores hacia antiguas estrategias comunicativas.
2005. Designado Miembro Correspondiente de la Real Academia Española.
2005-hasta el presente: Coordinador de la Colección de Autores Venezolanos. Editorial Alfaguara. Grupo Santillana, Caracas.
2005. Distinción Huésped ilustre de la ciudad de Barinas. Alcaldía del Municipio Barinas, Estado Barinas.
2005. Publica La negación del rostro. Apuntes para una egoteca de la narrativa masculina venezolana (crítica literaria).
2006. Coordinador del Taller de Ensayo de la editorial Monte Ávila Editores Latinoamericana.
2006. Publica Nación y literatura. Itinerarios de la palabra escrita en la cultura venezolana (con Carlos Pacheco y Beatriz González S., compilación).
2006-2007. Coordinador del Taller de Narrativa del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos.
2007. Condecoración Alejo Zuloaga en su única clase. Universidad de Carabobo, Rectorado. Valencia, estado Carabobo [conjuntamente con Sergio Ramírez, escritor nicaragüense, y Piedad Bonnet, escritora colombiana].
2007. Publica Cuentos enr-red-@-dos/ Sobre héroes y tombos (reedición conjunta).
2008-2010. Integrante de la Comisión Evaluadora Nacional del Programa de Promoción del Investigador (PPI, ONCTI, Ministerio del Poder Popular para la Ciencia y la Tecnología).
2009. Publica Sin partida de yacimiento. Crónicas en la memoria (novela).
Es mi pariente más querido y aplicado. “Maragocho” venezolano por cuanto tiene vínculos familiares con Maracaibo (donde nació en 1951) y Trujillo, que es como decir wayuu y timoto-cuica.Pequeño de tamaño físico, pero de ego en constante crecimiento. Tiene títulos de Profesor (Universidad Pedagógica, Caracas, Venezuela, 1976), Especialista (Instituto de Cultura Hispánica, OFINES, Madrid, España, 1978), Magíster en Lingüística Aplicada (Essex University, Colchester, Inglaterra, 1985) y Doctor en Letras (Universidad Simón Bolívar, Caracas, Venezuela, 1993). Estudió además en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela y en la Universidad de Málaga (España).
No desciende de familia petrolera ni de políticos o escritores; tampoco de godos ni de “ricos de cuna”, razones por las que, aunque sí ha habido algunos anónimos insurgentes entre sus ancestros, sus apellidos no suelen aparecer en los recuentos, antologías o panoramas de la literatura venezolana. En la familia le decimos narrador, investigador, articulista, crítico, lector y editor.Profesor Titular de la Universidad Simón Bolívar (también lo fue del Instituto Pedagógico de Caracas, hasta 1987). Docente de licenciatura y postgrado y conferencista invitado de las siguientes universidades: Universidad Pedagógica Experimental Libertador (Caracas, Maracay, Barquisimeto), Universidad Católica Andrés Bello (Caracas), Universidad Central de Venezuela (Caracas), Universidad de Oriente(Cumaná), Universidad de los Andes (Mérida, Trujillo), Universidad Francisco de Miranda (Coro), Universidad del Zulia (Maracaibo), Universidad Experimental de Yaracuy (San Felipe), Universidad Civil de Salamanca (España), Universidad Autónoma de México (Ciudad de México), entre otras. Investigador visitante de las Universidades de Otawa y Carleton (Canadá, 1994).
Según mis archivos de familia, sus actividades de investigación y escritura abarcan desde la crónica en la prensa, en la que, aparte de sus colaboraciones para suplementos literarios y culturales, escribió por varios años la columna de opinión La duda melódica, en los diarios El Nacional, Diario de Caracas y Tal Cual, sucesivamente, desde 1992 hasta 2002) de Caracas. Precisamente de esas crónicas nací yo como personaje y ahora me conocen mucho más que a él. Actualmente La duda melódica tiene sede virtual en http://barreralinares.blogspot.com.
Dentro de la pomposa academia universitaria presume de especialista enpsicolingüística,narratología,análisis del discurso y narrativa latinoamericana y venezolana, áreas en las que es autor de más de setenta artículos especializados y 27 libros (ver Bibliografía). Fuera de ella, se desempeña como escritor, como mi querido sobrino y como simple ciudadano en constante desobediencia con tímida participación pública.
Ha recibido varios premios literarios en Venezuela, entre los que pueden mencionarse los siguientes: Premio “Armas Alfonzo” de Narrativa (1982), Premio Nacional de Narrativa (CONAC, 1986), Premio Municipal de Maracay (1987), Premio Fundarte de Narrativa (1989, Premio Municipal de Investigación Literaria (Caracas, 1994). Nunca me invitó a sus celebraciones, pero así es la familia. En abril de 2005 su egolatría levitó sobre las nubes de la Academia Venezolana de la Lengua (ver fotografía alusiva al hecho) y su nombre fue sana y malsanamente rumoreado en el ambiente literatoso nacional, al ser elegido por unanimidad como Individuo de Número, en el sillón letra D, con D de duda melódica, de dádiva, de débito y de divo, para más adelante ser elegido miembro correspondiente de la Real Academia Española.
Escritor, cronista, navega en el espacio confuso y nublado de la literatura venezolana, con incursiones en la narrativa, la crítica, la crónica, el ensayo y otros menesteres.